Carlos Mármol: bienvenido a la libertad

Carlos Mármol y Juan Luis Pavón, dos de mis subdirectores fundadores de Diario de Sevilla junto conmigo, han sido despedidos por el Grupo Joly  además de otros compañeros en aquella gran aventura periodística de 1999, convertida hoy en pálida sombra de lo que fue. Ellos han pagado también el precio por su independencia y por mantenerse fieles a la idea original con que nació el periódico,  al que desde dentro y desde fuera han ido desvirtuando con el paso del tiempo. No obstante, su obra habla por ellos mejor que nadie y está ya en las hemerotecas para que quien tenga ojos, que vea. Doy a estos dos grandes periodistas, los mejores con que he trabajado nunca, la bienvenida a la libertad y recomiendo la lectura del blog que Mármol  ha abierto en Internet  (www.carlosmarmol.es) con esta primera entrada titulada ‘La risa en los entierros’. Gracias, Carlos, por todo lo que diste al proyecto original de Diario de Sevilla a lo largo de catorce años de tu vida y por lo mucho que aún aportarás al periodismo, sea en la trinchera en que sea. He aquí el primer artículo en la nueva etapa de Carlos Mármol:

 

La vida es lo que te pasa por delante mientras haces el periódico. Un buen día el diario que siempre habías querido desaparece (aunque siga publicándose; esto ya es lo de menos) y te quedas solo, desnudo frente a la vida, tan ancha como ajena. Da cierto vértigo. Aunque mirándolo despacio, con sosiego, la inseguridad repentina nos regala una grata enseñanza: la existencia y la libertad valen bastante más que cualquier periódico. El problema, de cualquier forma, no es del mundo. Nunca lo es: el mundo siempre ha sido así. El problema sólo es de uno. De nadie más. Por otra parte, el pecado original resulta a todas luces imperdonable: no debe quererse como si fuera algo propio aquello que en realidad siempre fue ajeno. Es un lujo que uno no puede permitirse ni en el orden espiritual. Aunque sin experimentar por lo menos una sola vez en la vida este noble sentimiento no es posible construir nada perdurable. Puro. Auténtico. Mucho menos un diario, que debe ser el espejo de la realidad.
Al cabo, hay que darle la razón a Dylan:
“En la vida no existe ningún orden moral. La moralidad aquí no tiene nada que ver. Existen la virtud y la bajeza. Punto. El poder se basa en la fuerza bruta: haces lo que otros te dicen, quienquiera que seas. Si no pasas por el aro estás acabado”.
Y sin embargo es necesario desobedecer. Hacer lo que crees. Decir lo que piensas. Ser tú mismo. Es la única manera de no traicionarte, aunque para ello caves tu propia tumba y, al terminar el agujero infinito, al que casi te cuesta verle el fondo, te recuestes satisfecho sobre la tierra, generosa y húmeda, y sonrías frente a los que aún te miran sorprendidos porque en mitad del duelo no entienden, ni entenderán nunca, que ciertas variantes azules de tristeza pueden ser fértiles. O que el único refugio posible ante la tempestad consista justamente en reírte de tu propio sepelio. Al fin y al cabo, quizás no seas el único cadáver del cementerio. Que reposes en un mausoleo egregio o en una sencilla tumba de piedras gastadas en un camposanto provinciano es lo de menos: la muerte nos iguala a todos y el tiempo es el mismo enemigo ecuménico, imbatible.
Hace casi catorce años un grupo de locos fundamos un periódico en una ciudad donde no se lee, en la que la cultura se desprecia con el entusiasmo que sólo permite la ignorancia y la pertenencia a los falsos linajes se valora mucho más que los méritos individuales. Una gesta. Fue un periódico que, como dijo su fundador, el mejor periodista que he conocido y conoceré, pretendía caracterizarse más por lo que diría que por lo que callaría. Un periódico con una voz propia. Honorable.
El periodismo es un oficio sencillo. Por eso es tan difícil: consiste en contar la verdad. ¿Qué pasa cuando la verdad resulta demasiado terrible? Debemos contarla igual, incluso aunque no tengamos sitio donde hacerlo y nos toque de lleno el corazón. El periodismo, tal y como lo concebíamos hasta ahora, se está muriendo. También puede que sea verdad lo que cuentan: quien agoniza sólo es la industria tradicional de los periódicos, no el periodismo. Las víctimas de la guerra, sin embargo, no cesan: en los últimos años más de ocho mil profesionales, algunos de los mejores de la historia reciente, han sido despedidos, destruidos, lanzados al vacío de los lunes como resultado de los ajustes adoptados por las empresas editoras. ¿Todo este sufrimiento sirve para algo? No lo parece. Sólo es una amputación terminal en un cuerpo maltrecho. Acaso sea el preámbulo del fin.
Se dan multitud de excusas. Justificaciones. Algunas son ciertas. La crisis económica aceleró el deterioro. El cambio de paradigma que impusieron las nuevas tecnologías aumentó el desconcierto general. Pero sólo son los elementos accesorios de una trama mayor: el cáncer era previo, estaba dentro del cuerpo, junto a los órganos vitales, y se le veía avanzar, con constancia, todos los días. Sin fatiga. No ha desaparecido. Por eso será mortal. No se trata de ningún enemigo misterioso. Es un asesino demasiado visible. Se le adivina recordando algunas de las lecciones básicas. Por ejemplo: no debe proclamarse aquello de lo que se carece. Otra: la incoherencia sostenida en el tiempo destruye la verosimilitud, que es el requisito básico que necesita la credibilidad. El elemento esencial del periodismo. No es raro lo que nos está pasando. Sucede solamente que está siendo más rápido de lo esperado. Nada más.
El día antes del ajuste de cuentas con la realidad un grupo de compañeros, algunos de ellos amigos de mil batallas, gritaba por las calles de Sevilla que sin periodistas no hay democracia. Me cuesta darles la razón. No porque su grito me parezca inútil, todo lo contrario, sino porque lo que yo me pregunto es si la democracia actual, que es más bien una partitocracia sin principios, necesita realmente al periodismo de verdad, que siempre debe ser impertinente. Sinceramente no creo que seamos tan importantes, lo que no implica que no tengamos importancia. Son cosas distintas. A los periodistas no nos ha elegido nadie. Lo nuestro es un puro ejercicio de voluntad: nos elegimos a nosotros mismos el día que decidimos dedicarnos a esto, acaso con demasiadas cosas en contra y todo un océano de advertencias previas. Esto es lo extraordinariamente valioso: pese a todo decidimos libremente ser así. Por eso sabemos, como El Quijote, quiénes somos. Igual que lo saben, y eso en realidad es lo único trascendente, todos aquellos lectores que nos han dado a lo largo de los años el inmenso regalo de leernos cada día, prestarnos atención, dedicar su tiempo a compartir nuestra visión de la vida.
Ahora sufrimos una especie de muerte azarosa. La lotería de los últimos días de Babilonia, que llega justo antes del fin. El exterminio. La extraordinaria crudeza del genocidio sólo se explica por la incomodidad que implica tener delante un espejo silencioso que con su mera presencia, sin hablar, ilustra mejor que cualquier palabra el cambio de valores. La tristeza resulta inevitable. La melancolía, infinita. Todos los esfuerzos por evitar el nihilismo que gobierna los periódicos han sido completamente vanos.

Estos días de noviembre he aprendido muchas cosas. La primera: sufrir te hace mejor persona. Igual que viajar o leer, te vuelve mucho más sabio. Uno apenas esperaba cinco o seis llamadas ciertas. La realidad inducía al fatalismo. Los mensajes de aliento han sido infinitos. Y mejor: todos sinceros. Sin impostores. No tengo palabras (ni dinero) para devolver tanto cariño, mucho menos en mi caso, ya que acostumbro a ser avaro en los afectos. Como todas las cosas importantes, aquellas que nacen del corazón, la oleada de solidaridad ha sido tan espontánea como excesiva, fruto de una admiración inmerecida y, sospecho, consecuencia en el fondo de la nostalgia compartida de otros tiempos en los que todos éramos mucho más ingenuos y felices.
Dos: realmente estoy empezando a creer lo que dicen las escrituras. El mundo se acaba. Al menos nuestra visión de la vida, que está hecha del papel de los periódicos. En mitad de la incertidumbre he recordado con nitidez una vieja escena perdida en la memoria. Hace veintitrés años, cuando empezaba en el oficio e intentaba aprender a escribir, cuando todavía veía como algo inaudito que te pagaran por poner palabras en un papel, un compañero nos dejó para hacerse cargo de una alta responsabilidad institucional. Se despidió de toda la redacción. Entonces todavía había gente con estilo. Todo el mundo le felicitó por su nombramiento, salvo yo. No fue un gesto de displicencia. Era ignorancia. Sencillamente no podía entender que alguien abandonase una redacción, incluso aunque como aquella no fuera más que un astillero en proceso de derribo, por un despacho oficial. ¿Estaba equivocado? Era mucho más joven e indocumentado. Para mí no podía existir mejor sitio en el mundo que aquel barco a la deriva donde las sillas de falso cuero se caían a pedazos y los teletipos todavía se cortaban a mano, por grupos y con actitud marcial, al comenzar cada tarde. Han pasado más de dos décadas desde entonces. Lo sigo pensando: el periodismo sólo se aprende en las redacciones. El problema es que apenas si quedan maestros en ellas. El espíritu dominante ya no es crítico y leal, como entonces, sino servil y letal. Propio de los tiempos mezquinos.
La ceremonia de los adioses no ha sido fácil. Pero sospecho, o quiero pensar, que a la larga será inmensamente fecunda: ha confirmado ciertos principios, impulsado de nuevo la rueda de la fortuna -que como una noria un día te sitúa arriba y otro abajo- y fortalecido determinadas creencias íntimas. El rencor, afortunadamente, no ha hecho acto de presencia. Sí la extrañeza. Un sabor a ceniza similar al que produce ver a un hijo muerto que contra natura se marcha antes de tiempo sin más argumento que la crudeza del destino, escrito desde el principio con renglones torcidos. La travesía vuelve a comenzar porque el viaje es infinito. No hacen falta demasiadas cosas: algunos amigos, las Variaciones Goldberg y un puñado de libros. Sobre todo uno: Las meditaciones de Marco Aurelio. Capítulo VIII. Epígrafe trigésimo tercero:
“Toma sin orgullo, abandona sin esfuerzo”.

* www.carlosmarmol.es

Un pensamiento en “Carlos Mármol: bienvenido a la libertad

  1. edumar

    Manuel Jesús, la lectura de tu presentación y del artículo de Carlos me han producido sensaciones muy diversas: admiración, reconocimiento, desasosiego, emoción, angustia pero, sobre todo, ganas de seguir. He tenido el privilegio de estar cerca de vosotros y apreciar vuestro trabajo, coincidiendo, las más de las veces, en vuestras independientes apreciaciones críticas. Por eso os pido que prosigáis, resulta necesario. Un fuerte abrazo.

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