Zoido y sus muchachos estarán aún felicitándose por el éxito de su maniobra de distracción mediática merced a las ‘Setas’ de la Encarnación con la que, salvo excepciones, se ha comprobado una vez más la validez de ese proverbio chino que reza así: “cuando el dedo del sabio señala la Luna, el tonto mira el dedo”.
Hace unos días, Urbanismo aprobó de forma provisional la modificación del PGOU para permitir la construcción de aparcamientos rotatorios en el casco antiguo, al tiempo que el delegado, Maximiliano Vílchez, hizo una mera declaración de intenciones en el sentido de plantear la conveniencia de demandar al arquitecto alemán de las ‘Setas’, Jürgen Mayer, y pedirle una indemnización de 4,2 millones de euros por los sobrecostes en su construcción por sus errores de cálculo con el proyecto técnico.
Casi todos los medios dedicaron amplios espacios a la hipotética demanda contra Mayer y apenas unas líneas al acuerdo sustancial que supone un cambio en el modelo de ciudad, cual es la aprobación de aparcamientos rotatorios en el casco histórico.
El dedo de Zoido apuntaba hacia la construcción del aparcamiento rotatorio en la Alameda y nosotros, los tontos de los periodistas (como habría dicho Alberti: “yo era un tonto, y lo que he visto me ha hecho dos tontos”), mirábamos hacia las ‘Setas’ y a la nonata demanda contra el arquitecto, el objetivo del alcalde y Vílchez, para que en el fragor periodístico pasara lo más inadvertida posible la alteración del denominado ‘libro de la ciudad’, el PGOU.
Independientemente de que el Plan de Aparcamientos (más de 60) para residentes en barrios y únicamente rotatorios en la corona del Centro ha sido una de las mayores chapuzas de Monteseirín, el PGOU respondía a una lógica: evitar el denominado ‘efecto de la calle Baños’ en más sitios y allí donde ya existían parkings similares, caso de Albareda y de Santa Angela de la Cruz.
Como es sabido, el ‘efecto llamada’ generado por el aparcamiento rotatorio bajo la Plaza de la Concordia, que da también servicio a El Corte Inglés, ha provocado tradicionalmente colapsos circulatorios en la calle Baños, su vía natural de acceso, y en parte de la calle Torneo, con el añadido de contaminación atmosférica, ruidos, riesgos para los peatones y molestias para los vecinos.
En sus habituales hipérboles, o quizás también para desviar la atención sobre escándalos como el de las facturas falsas, Monteseirín incluso llegó a plantear la expropiación de los estacionamientos de Albareda y la Magdalena, para reservarlos exclusivamente a residentes y convertir en realidad plena su modelo de un Centro sin coches.
Zoido, que ya liquidó el Plan Centro, avanza ahora en la liquidación de un modelo urbanístico y de movilidad que pese a los graves errores cometidos en su aplicación y a la falta de Metro en el casco histórico sintoniza con las tendencias en las urbes europeas más avanzadas, de expulsar el tráfico privado del corazón de las ciudades y de recuperar los espacios reconquistados para el paseo y el disfrute de sus habitantes.
Con la modificación del PGOU para permitir la construcción del aparcamiento subterráneo en la Alameda y, ojo, también en cualquier otro punto del casco antiguo, como sería el estacionamiento en superficie -ahora autorizado sólo para residentes- sobre el solar del derribado mercado provisional de la Encarnación, Zoido no sólo no avanza hacia Europa, sino que retrocede en dirección al pasado de España y de Sevilla.
Hace ahora 37 años, todavía en los albores de la Transición y al poco de la muerte de Franco, el Ayuntamiento presidido entonces por Fernando de Parias Merry aprobó un Plan Especial de Renovación Urbana del Sector de la Alameda de Hércules en el que se proyectaba la construcción de un estacionamiento subterráneo de cinco plantas, con capacidad para 500 vehículos cada una (en total, pues, 2.500 plazas), que debía dar servicio a un centro comercial.
Para facilitar uno y otro, se previó un ensanche en la calle Calatrava, parecido al que se realizó años antes en la calle Imagen, y hasta el derribo de la capilla de Nuestra Señora del Carmen.
Arquitectos como José García Tapial, Juan Ruesga y Roberto Luna promovieron la campaña ‘Salvar la Alameda’, a la que se sumaron el por entonces progresista y muy implicado en la vida ciudadana Colegio de Arquitectos, los partidos políticos de izquierda que ya habían salido de las catacumbas en el tardofranquismo y asociaciones de vecinos. Este heterogéneo movimiento opositor logró tumbar el Plan municipal en el seno de la Comisión Provincial de Patrimonio, dos años más tarde.
En su dictamen, la Comisión, opuesta al incremento del tráfico que habría supuesto la construcción del aparcamiento subterráneo y el impacto que habría generado en la Alameda y su entorno, razonó que había que establecer una clara distinción entre “una ciudad considerada como un colector de vehículos y una ciudad considerada como el testimonio y el legado de unos hombres y de su cultura”.
Casualmente, el mismo día en que el Ayuntamiento de Sevilla aprobaba modificar el PGOU para facilitar con los parkings rotatorios el acceso indiscriminado de los coches al Centro, el alcalde de Londres, Boris Johnson, presentaba su proyecto para crear en el Centro de Londres -ya de acceso restringido a los vehículos- la primera zona de emisiones ultrabajas del mundo, que supondrá la prohibición definitiva a los automóviles que contaminen la atmósfera, la mayoría de los actuales.
Zoido y Johnson, dos modos distintos de concebir la movilidad urbana.
Las ‘Setas’ de la Encarnación están propiciando un revuelto de demandas cruzadas. Sacyr, la empresa constructora y adjudicataria de la privatización por 40 años de ese espacio de todos los sevillanos decretada por el socialista Monteseirín (ríanse de las privatizaciones del PP, la cantinela del PSOE), le exige 35 millones al Ayuntamiento porque el supuesto negocio que iba a cambiar el destino del sector Norte del Casco Antiguo y democratizar las vistas de la Giralda es una ruina. Más lo es aún para el Consistorio, que tras ver incrementada la factura del engendro hasta los 102 millones de euros (pero, ¿de verdad éso puede costar 102 millones?) le va a pedir al arquitecto alemán Jürgen Mayer, que le coló un dibujo en un papelito pero técnicamente inviable sin que los tropecientos en nómina de la Gerencia de Urbanismo se percataran de nada, 4,2 millones de indemnización. Y, mientras, Monteseirín, el auténtico promotor del ente faraónico, se ha ido de rositas pese a ese principio jurídico que reza así: “El causante de la causa es el causante del daño causado”.
En aquella reunión de hace siete meses en el polígono El Pino, el delegado de Economía destacó la importancia que los polígonos industriales tienen para Zoido, con estas palabras: “El alcalde tiene un especial interés en los polígonos industriales porque no son sólo realidades urbanísticas, sino también económicas y de convivencia, y son una parte fundamental del desarrollo económico de la ciudad”.
Durante un acto celebrado en los Jardines de la Buhaira en marzo de 2011 y en el que estuvo acompañado de la alcaldesa valenciana, Rita Barberá, Zoido defendió la necesidad de aprender de experiencias como las protagonizadas por la capital del Turia en la obtención de fondos comunitarios, sobre todo porque en su opinión el gobierno de coalición PSOE-IU había omitido esta fuente de financiación. El Gobierno municipal que encabezaba Alfredo Sánchez Monteseirín (PSOE) había sido “muy poco activo” -dijo- a la hora de buscar y cosechar ayudas derivadas de los fondos comunitarios, y “se ha limitado a recibir los fondos que le han llegado de alguna u otra manera”.
El Consorcio de Turismo invitó a 400 turoperadores holandeses a que vinieran a llevarse, según las crónicas, otra imagen de Sevilla distinta de la habitual, “en la que apenas hay hueco para otros monumentos que no sean la Giralda, el Alcázar o la Catedral”. Así que les asignaron guías y les dieron libertad para que eligieran lo que quisieran conocer de la ‘otra’ Sevilla. ¿Por qué se interesaron? ¿Por la torre Pelli, que según sus fans iba a captar el exclusivo turismo de rascacielos? ¿Por las ‘setas’ de la Encarnación, que según Monteseirín iban a atraer hacia el norte del casco histórico los flujos turísticos de la Catedral y el Alcázar? La mayoría se decantaron por la Sevilla del 29, la del apogeo de la arquitectura regionalista, por ser autóctona y difícil de hallar en otra parte, y se sintieron impactados por la obra de Aníbal González. Por mucho que pese a quien pese, los holandeses están hartos de ver rascacielos como el cartujano y cubiertas tipo Metropol, como la de aquella gasolinera de Hamburgo, pero Plaza de España sólo hay una y está en Sevilla.
es una excelente herramienta para la creación de actividad económica y empleo. Los beneficios económicos que Metropol Parasol va a traer a la ciudad superarán, en un solo año, la inversión acometida”. Así habló Monteseirín el 27-3-2011 en la inauguración de las ‘Setas’ de la Encarnación. Aludía a un supuesto estudio citado en junio de 2010 por el delegado de Urbanismo, Manuel Rey, según el cual el Metropol tendría un impacto económico, directo e indirecto y en sólo un año, de 369 millones de euros.
Una peculiaridad de los conservatorios es la denominación de asignaturas y/o de los profesores que las imparten no por la actividad musical, sino por el instrumento. Así, en vez de catedrático de interpretación pianística existe el titular de piano, del trombón y hasta de modalidades de guitarra, como la clásica o la flamenca. Es como si el catedrático de Química lo fuera de probeta o pipeta. Ahora, la Universidad ha copiado esa terminología de los conservatorios de música al anunciar la creación de la Cátedra Metropol-Parasol, así denominada porque es una manera de hacerle publicidad a la obra de quien la financia, la constructora Sacyr, en cuyo beneficio ese pseudosocialista aparente defensor de la cosa pública llamado Alfredo Sánchez Monteseirín se la hurtó a los sevillanos y la privatizó por los próximos 40 años. En cinco siglos de historia, ni a la Hispalense ni a ninguna empresa local les dio por financiar la Cátedra Giralda, Real Alcázar o Torre del Oro, y miren por dónde la primera que se constituye está dedicada a las polémicas Setas de la Encarnación.
El arquitecto Francisco Granero ha acuñado una nueva unidad de medida de los derroches y obras faraónicas de Sevilla: el canon de Santa Catalina. Granero, que es como el médico de cabecera del templo y ha declarado que cabe la posibilidad de que amanezca y se haya derrumbado, destaca que el coste de salvar este centenario monumento nacional sevillano es de 3 millones de euros, “un fleco de un modificado de cualquier obra de cierto nivel de las que se han hecho en Sevilla”, y que la factura de las ‘Setas’ de Monteseirín equivale a treinta y tantas restauraciones de esta iglesia. Aplicando el canon de Granero, los 29 millones que ha sacado Zoido para hacerle la SE-35 a Ikea equivalen a casi diez restauraciones de Santa Catalina. Y con el dinero de la torre Cajasol se habría podido arreglar el templo de cabo a rabo cada año durante más de un siglo. Si se hubieran convertido sus presupuestos al canon de Santa Catalina antes de ejecutarlas, probablemente por vergüenza nos habríamos ahorrado obras como el Metropol y el paseo marítimo de Islantilla en la Alameda.
Así ha estado el icono este primer año, cumplido en vísperas de la Semana Santa, con una imagen muy alejada de la publicitada por el exalcalde, que en sus ensoñaciones aventuró que Sevilla lo exportaría al resto del mundo: “Las ciudades se disputan ya los diseños (de Jürgen Mayer, al que calificó de “macareno de Berlín”), cuyo estilo evoca el barroco sevillano”.
Las ‘Setas’ iban a ser, al bilbaíno modo, un Guggenheim y se han quedado reducidas al zoco que de toda la vida fueron el mercado de la Encarnación, Regina y calles adyacentes. Monteseirín prometió que este icono de la modernidad no sólo iba a democratizar el panorama de los tejados, sino que también iba a atraer un público de alto ‘standing’ y negocios acordes con su poder adquisitivo. Al final, los marcheneros restaurantes de cinco tenedores se han convertido en una barra de bar récord Guinness, por esos 50 metros para el tapeo con vistas a los tendederos de ropa en las azoteas; y las tiendas de lujo, en un mercadillo de bisutería remedo del Portobello londinense, con el añadido de los poneys dando vueltas a los niños como en un trasunto de la calle del Infierno, los vendedores de globos, los manteros exhibiendo su mercancía y los desfiles de bandas de cornetas y tambores. Monteseirín dijo que con el tiempo Sevilla haría suyas las ‘Setas’; lo que nunca podía sospechar era que se apoderaría de su obra la que él, despreciativamente, llamaba la Sevilla rancia.