Se me ha muerto Pablo Ferrand, mi compañero durante más de dos decenios en la histórica Redacción de ABC de Sevilla en el número 9 de la calle Cardenal Ilundáin y fraternal amigo desde entonces. Compañero al igual que su padre, el escritor Manuel Ferrand. Aunque hubo otros miembros de la extensa familia Ferrand también trabajando para la empresa editora (Prensa Española) como Inmaculada, o colaborando con el periódico, como Manuel Ignacio, creo recordar que ninguno de ellos, a diferencia de Pablo, coincidió en la misma etapa con el progenitor de la saga, el ilustre premio Planeta, único autor sevillano en conseguirlo hasta la fecha.
Pablo era, según la definición acuñada por Antonio Burgos con su particular ingenio, un «hijo del Cuerpo». Burgos denominaba así a los miembros de la misma familia que prestaban sus servicios laborales a Prensa Española, aunque en realidad y en aquellos añorados tiempos de la Transición todos éramos como una gran familia, la de las Tres Letras (otra denominación de origen, en este caso la del ABC), al margen de las ideas de cada uno.
Estaban, por ejemplo, los Padilla, en Talleres. Los Hacha, entre los ordenanzas. Las hermanas Algarra, en Secretaría y Administración. Los Clemente, en Archivo. Pero si no me equivoco, sólo en la Redacción se dio la simultaneidad laboral de padre e hijo, Manuel y Pablo, ya que Juan Manuel Serrano y Raúl Doblado no entraron en plantilla a la par que sus progenitores en la sección de Fotografía.
Cuando yo llegué como alumno en prácticas aquel 1 de julio de 1977, hacía seis días que el Betis, cuyo estadio estaba a un tiro de piedra de la sede de ABC, había ganado al Athletic de Bilbao la primera Copa del Rey disputada en la reinstaurada Democracia. Entonces tanto el club verdiblanco como el periódico estaban en los confines de la ciudad antes de Bellavista.
La sede de ABC estaba rodeada de industrias conectadas con el casco urbano mediante la línea 18 de Tussam. Donde hoy está el hotel Ciudad de Sevilla había una fábrica de aceite que ocupaba casi toda una manzana y que impregnaba el ambiente con un olor característico. En la acera opuesta al periódico se alzaban naves en las que se trabajaba el hierro. Continuando por una calle perpendicular se hallaba el enorme complejo de la fábrica algodonera del Estado, convertida años después en la sede de la Consejería de Agricultura de la Junta de Andalucía. Y entre uno y otra, una franja de casitas populares, como las de la barriada Elcano, cuyos pobladores colgaban jaulas con canarios en los porches y se sentaban al fresco en las calurosas noches del estío sevillano, entre macetas de geranios.
En aquella Redacción, en la que ingresé a los 20 años como un novato total en las lides periodísticas llegado desde un pueblo de la serranía, ejercían figuras de la profesión como Nicolás Salas (director), Antonio Colón, Manuel Ferrand, Manuel Olmedo, Manuel Lorente, José Antonio Blázquez, Antonio Burgos -él decía que había entrado el mismo día que yo, para su segunda etapa profesional en las Tres Letras tras su efímero paso por el vespertino Informaciones de Andalucía-, Ricardo Ríos, Juan Luis Manfredi….Hasta había un militar ejerciendo de periodista, el comandante Benigno González.
A los ojos de un joven aprendiz de pueblo como yo, aquella Redacción presidida por un busto de don Juan Ignacio Luca de Tena -el hijo de don Torcuato, fundador de ABC de Madrid, que cumplió el sevillano sueño de su padre de que hubiera una edición del periódico en su ciudad natal, a partir del 12 de octubre de 1929, con motivo de la Gran Exposición Iberoamericana- estaba llena de personajes singulares y de peculiaridades.

Pablo Ferrand (agachado, primero por la izquierda), junto a otros miembros de la Redacción de ABC de Sevilla
Entre tantos veteranos congenié de inmediato con Pablo Ferrand, incluso unos meses más joven que yo y que ya formaba parte de un grupo profesional al que Nicolás Salas trataba de incorporar savia nueva, por lo que progresivamente dio entrada a compañeros como Antonio de la Torre, Gloria Gamito, José Joaquín León, Bonifacio Cañibano, Margarita Jiménez, José María Aguilar, Tomás Balbontín, Pilar de Andrés y tantos otros que sería prolijo enumerar y que permanecen en mi recuerdo.
Pablo Ferrand no había cursado la carrera de Periodismo. Sus estudios y su mundo eran las Bellas Artes. En el periódico ejercía de confeccionador, figura rebautizada luego como maquetador, diseñador….Los confeccionadores eran quienes, tipómetro en mano antes de la aparición de los ordenadores, daban forma legible a los textos que, generalmente más largos de la cuenta para el reducido formato del ABC, «paríamos» los redactores. Con demasiada frecuencia, a nuestro parecer, para encajar nuestras noticias y demás dictaban sentencias inapelables:
-Sobran tantas líneas. Tienes que cortar el equivalente a tal número.
Por eso a la sección la llamábamos en el argot interno ‘Corte y Confección’.
Pablo no ejercía como un periodista al uso, pero sabía más que nosotros los redactores de gran cantidad de temas, especialmente los relacionados con el patrimonio histórico-artístico. Eran su pasión y, al tiempo, su martirio: se le caía el alma a los pies al ver la continua e ingente destrucción del patrimonio de Sevilla, un asunto recurrente desde al menos los tiempos de Joaquín Romero Murube.
Durante un viaje que hicimos juntos a Portugal me confesó que la depresión que le causaba conocer un atentado patrimonial tras otro lo dejaba sin ánimo para escribir sobre dicha temática, de ahí que se prodigara tan poco en las páginas del ABC, lo cual no era óbice para que se involucrara a lo largo de su vida en asociaciones conservacionistas como Adelpha, Andalus, Ben Baso, Hispania Nostra, Adepa….
Pero un día Pablo se animó y logró que le publicaran un informe que más o menos se titulaba ‘Así se burla un decreto’. El casco histórico de Sevilla había sido declarado conjunto histórico-artístico el 27 de agosto de 1964 y Ferrand denunció en aquel trabajo, que supuso un aldabonazo, cómo pese a aquella normativa vigente se seguían derribando edificios del Casco Antiguo con total impunidad.
La defensa de Sevilla, de su historia y de su patrimonio, ha sido el hilo conductor de la vida de Pablo Ferrand, como prueba, por si quedara alguna duda, el hecho de que tan sólo tres meses antes de su muerte me enviara el artículo que creo le publicó el Boletín de la asociación Ben Baso y cuyo título, puramente periodístico, lo dice todo: ‘Vigencia de la piqueta y la motosierra en los cambios del paisaje urbano de Sevilla’. No dejen de leerlo.
Pablo era un hombre renacentista y polifacético, al que nada de la cultura le era ajeno. Coleccionaba de todo, hasta el punto de que acabó comprándole la casa a su vecino porque ya no le cabían en su vivienda los miles de libros, fotografías, discos, documentos, mapas, periódicos, revistas….que almacenaba. Montó su propio equipo de restauración de antiguos discos de pizarra; le encantaba la encuadernación; proyectaba películas clásicas sobre la pared del salón; su pasión por los ex-libris se plasmó en su obra ‘Signo personal en los libros’; era un melómano empedernido…

Obra de Pablo Ferrand sobre los ex-libris
A su manera, Pablo cumplió el sueño borgiano de vivir dentro de un paraíso en forma de biblioteca: la suya, que alberga material cultural de todo tipo y de un valor aún no estimado.
Sobre la marcha me atrevo a hacer una sugerencia, a expensas siempre de la voluntad y decisión de su familia. ¿Por qué no reunir los fondos de padre e hijo, Manuel y Pablo Ferrand, en un mismo sitio, abierto al estudio y a la consulta pública? Item más. ¿Y la biblioteca-archivo de Antonio Burgos, fallecido hace dos años? ¿Y la de Nicolás Salas, desaparecido hace seis? Y así podríamos preguntarnos por los archivos profesionales de Manuel Olmedo, Manuel Lorente, Ortiz de Lanzagorta, la familia Doblado, Manuel Sanvicente, Tomás Díaz Japón…. todos ellos vinculados a ABC de Sevilla, el periódico que nació con motivo de la Exposición de 1929, cuyo centenario se cumplirá dentro de tres años.
¿Por qué no incluir en el programa conmemorativo de la Exposición la creación de una biblioteca-archivo dentro de la Hemeroteca Municipal o del Archivo Histórico de Andalucía con los fondos documentales de los periodistas y fotoperiodistas citados y de otros que formaron parte de la nómina del periódico nacido al socaire de ese gran evento internacional y cuyas páginas enriquecieron con su labor día tras día durante años y años?

Pablo (primero por la izquierda), con otros miembros de la familia Ferrand en la merienda-protesta organizada por la asociación de amigos de los Jardines de la Oliva el 8 de abril de 2025 por la mutilación en Los Remedios de los jardines dedicados a su padre, Manuel Ferrand
Empecé diciendo que Pablo Ferrand, compañero y amigo fraternal durante casi 50 años, se me ha muerto, pero no es exactamente así. Su familia, en un inmenso acto de generosidad, ha donado sus órganos, los cuales seguirán cumpliendo sus funciones vitales en ocho personas necesitadas de un trasplante.
Así se han materializado en Pablo algunos de los versos del poema ‘Para la libertad’, de Miguel Hernández: «(…) mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos».
Pablo Ferrand no ha muerto porque su corazón late en otro pecho y sus ojos miran a través de otras órbitas. Sigue presente en nuestro recuerdo y en los cuerpos de aquellos a quienes, tras su desaparición física, ha prolongado su esperanza de vida.
Yo espero y confío en que su ejemplo y su obra nos trasplanten su lucha en pro del patrimonio de Sevilla.
- Artículo de Pablo Ferrand: ‘Vigencia de la piqueta y la motosierra en los cambios del paisaje urbano de Sevilla’
- SÍGAME EN LINKEDIN:
- https://www.linkedin.com/in/manuel-jes%C3%BAs-florencio-caro-919b0225/