Como en las telenovelas, en la historia de Sevilla Patrimonio de la Humanidad hay que empezar por un resumen del capítulo anterior para enlazar con el presente, que ha protagonizado esta semana el alcalde al convertir la conmemoración del XXV aniversario en un acto político y social, más que cultural, de respaldo a su figura por parte del presidente del Gobierno y de su claque local.
Recuérdese que Zoido, detractor de la torre Pelli por su impacto paisajístico y la amenaza que suponía para mantener el título de Patrimonio Mundial, tras su acceso a la Alcaldía estuvo contemplando mano sobre mano cómo el rascacielos crecía a razón de casi una planta por semana hasta que cuando ya era un hecho irreversible por aquello de la presunta indemnización de 200 millones -una interesada leyenda urbana- que habría costado su demolición, se pasó con armas y bagajes al bando de sus defensores.
A cambio de que la Unesco no incluyera a Sevilla en la ‘lista negra’ del Patrimonio Mundial en peligro, se comprometió ante la Unesco en San Petersburgo a estas medidas:
1) Crear un grupo de trabajo con Icomos (el órgano asesor de la Unesco, que no dejó de subrayar el negativo efecto del rascacielos) y la promotora de la torre Pelli (antes Cajasol, ahora Caixabank) para estudiar medidas de amortiguamiento del impacto visual del edificio, de 178 metros de altura, sito al borde del casco histórico.
2) Organizar en Sevilla un congreso internacional de expertos para abordar cómo compaginar el crecimiento urbanístico y la protección del patrimonio en las ciudades con monumentos declarados Patrimonio Mundial.
3) Modificar el PGOU para impedir otras torres Pelli. Según proclamó el alcalde a finales de junio, “no habrá más rascacielos”.
4) Optativamente, pero con ánimo de materializar cuanto antes la promesa, solicitar la declaración de otros monumentos sevillanos como Patrimonio de la Humanidad.
El alcalde asumió la obligación de rendir cuentas ante la Unesco sobre el cumplimiento de estas promesas en febrero de 2013.
A falta de dos meses para examinarse ante el organismo de la ONU, no hay constancia de que el Ayuntamiento haya cumplido aún ninguno de estos acuerdos, por lo que lo más oportuno hubiera sido no llamar la atención sobre las asignaturas patrimoniales pendientes, máxime tras la inhibición ante la torre Pelli, que ha puesto en peligro los títulos patrimoniales de la ciudad.
Sin embargo, en una urbe con tan poca conciencia crítica como la nuestra, Zoido no podía dejar pasar la ocasión de rentabilizar políticamente el XXV aniversario de la Declaración de la Catedral, el Alcázar y el Archivo de Indias como Patrimonio de la Humanidad con el desplazamiento expreso a Sevilla de Mariano Rajoy, el cual convirtió en metáfora para la salida de la crisis el esfuerzo en la construcción piedra a piedra de las catedrales, novelado, entre otros, por Ken Follet (‘Los pilares de la tierra’) e Ildefonso Falcones (‘La catedral del mar’).
Al menos la efemérides podría haberse convertido en motivo de reconocimiento a todos cuantos en plan llaneros solitarios se han significado durante años en la lucha por la preservación de Sevilla desde Icomos, Adepa, Ben Baso, Ecologistas en Acción…. para, además, mantener su complicidad en tan noble empeño, pero en lugar de Víctor Fernández Salinas, Pablo Ferrand, José Juan Fernández Caro, Joaquín Egea, Ana Avila, David Gómez….entre los invitados de Zoido al Alcázar estaban, con todos mis respetos, personajes en sus antípodas como Victorio y Lucchino, Carmen Tello, Curro Romero, Alfonso Díez y hasta Pepe Mel.
Pura política, pues, de escaparate y relumbrón social con la coartada del Patrimonio de la Humanidad.
Y aunque en el medio año transcurrido desde la XXXVI Sesión del Comité Mundial en San Petersburgo, en la que se salvó por los pelos la inclusión de Sevilla en la ‘lista negra’, no se ha cumplido ninguno de los compromisos adoptados ante la Unesco, Zoido, para desmontar la tesis de Miguel Rus de que en Sevilla se da un paso adelante y dos atrás, avanzó tres al frente con un triple anuncio:
1) Tratar de ampliar los espacios declarados Patrimonio Mundial, por el sello de máximo prestigio que confiere la Unesco.
2) Ampliar la protección del entorno de los tres grandes monumentos.
3) Crear en Sevilla una oficina permanente de la Unesco, que vele por la protección del patrimonio.
Nos hallamos, una vez más, ante una típica huida hacia adelante en la que se quiere aparecer más a la vanguardia que nadie en la conservación cuando -y no sólo por la torre Pelli- llevamos años de retraso, en la retaguardia.
En el PGOU de 1987 se determinó la necesidad de redactar un Plan Especial de protección del casco histórico de Sevilla que, dado su tamaño (el mayor de Europa), se dividió en 27 sectores. Al cabo de 25 años (otra efemérides coincidente con la del Patrimonio de la Humanidad, pero no celebrada, claro está) hasta hace sólo unos meses no se han aprobado de forma inicial o provisional los Planes de Protección de sectores como ¡los de la propia Catedral y el Alcázar!, además de San Andrés-San Martín, y el año pasado los de Magdalena y el Puerto (sólo el Avance), tardanza (sólo año y medio es imputable a Zoido) que ha propiciado la destrucción de parte de la trama urbana o caserío histórico (en la tramitación del Plan Especial de Triana desapareció el 40% de lo catalogado al inicio) en el que se hallan incardinados los monumentos sevillanos.
Y ahora Zoido propone la creación de una oficina permanente de la Unesco que vele por la protección de nuestro patrimonio. Es toda una declaración de impotencia, porque esa responsabilidad no debe radicar en la Unesco, sino en nosotros mismos.
Desde hace tres años, la Unesco viene dando avisos a España sobre la afección del rascacielos a los tres monumentos sevillanos patrimonio de la Humanidad (Catedral, Alcázar y Archivo de Indias), sin que ni el Gobierno, ni la Junta de Andalucía, ni el Ayuntamiento se hayan dado por enterados.
En Sevilla se han despreciado los informes de Icomos diciendo que era una especie de ONG del Patrimonio, un grupo de amiguetes sin poder ni influencia en la Unesco. Craso error, porque en la Convención de París de noviembre de 1972 y en virtud de la cual se creó el Patrimonio Mundial, Icomos figura en el artículo 8.3 como la voz consultiva para el patrimonio cultural, y la UICN para el natural.
España no sólo suscribió en mayo de 1982 la Convención del Patrimonio Mundial, sino que fue mucho más lejos cuando el 18-4-2002 firmó con la Unesco un convenio especial pensando en países del Tercer Mundo para identificar más bienes destinados al Patrimonio Mundial, prestar asistencia técnica a otros Estados para asegurar su protección y, paradójicamente, fortalecer la gestión de los bienes ya declarados como tales, “especialmente a través de una nueva confirmación, si fuese necesaria, de los límites del área bajo protección del Patrimonio Mundial y de la revisión del marco de gestión de dicho patrimonio”.
Tras la inclusión del Patrimonio mundial sevillano en la ‘lista negra’ de la Unesco, Zoido se ha caído del caballo y sufrido una súbita conversión. Podría haber dicho que hasta aquí nos han llevado los delirios faraónicos de Monteseirín y Marchena, con la complicidad de Montaner y Pulido; que él ha intentado paralizar el rascacielos temiendo que pasara lo que ha ocurrido pero que su antecesor, aprovechando el verano y las triquiñuelas legales, lo ha dejado jurídicamente atado de pies y manos; y que no va a pagar 200 millones de euros por frenar la obra a cambio de dejar arruinada Sevilla por generaciones. En lugar de hacer eso, el Ayuntamiento de quien quería paralizar la torre Pelli para que Sevilla no perdiera su título de Patrimonio de la Humanidad se ha erigido en su paladín y proclamado que no afecta al patrimonio y da mucho empleo. O sea, que Zoido le ha comprado el argumentario enterito a Monteseirín & Cía. para celebrar su primer año en el Ayuntamiento ‘del cambio’. ¿Qué cambio? Si acaso el de la veleta, que ha pasado de la Giralda a la Plaza Nueva.