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El ‘bien pagao’

Monteseirín declara tras la fracasada maniobra de distracción de su viaje a Londres que se da por bien pagado si le recuerdan por su honradez. Hasta ayer, dándosela de buena gente, quería camuflar con su supuesta bonhomía sus incompetencias. Ahora quiere contraponer a la imagen de dispendio que proyecta su viaje -si no hubiera tenido mala conciencia no tendría por qué haberlo ocultado- la honradez como suprema virtud. Honradez no es sólo no meter la mano en la caja. El Diccionario la define como “rectitud de ánimo, integridad en el obrar”. Debe preguntarse si actuó íntegramente cuando estuvo tantos años sin pagar el sello del coche; cuando apenas llegar al cargo ya se subió el sueldo; cuando cobra las dietas de empresas públicas como Mercasevilla y luego no da la cara; cuando compra silencios y/o complicidades periodísticas  con la publicidad institucional; cuando a su sombra estallan escándalos que manchan el nombre de Sevilla y no dice como dijo Nixon tras el Watergate: “Me voy, no por lo que he hecho, sino por el clima de corrupción a mi alrededor”.

Y encima perdió las maletas

Monteseirín no sólo estaba en Londres mientras su Gabinete se esforzaba en aparentar que se hallaba en Sevilla atrapado por las obras que él mismo ha desatado, sino que, según ha podido saber el francotirador, para colmo perdió las maletas durante el viaje y aterrizó en plan machadiano. Sí, tal como reza el verso de Antonio Machado, Alfredo desembarcó del avión forzosamente “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar». Londres es la ciudad maldita de Alfredo, pues es la segunda vez que en un aeropuerto de la Gran…. Bretaña le extravían el neceser. La otra vez que lo dejaron tirado fue en una escala en Heathrow, camino de Nueva York,  y en medio de una gran nevada. Entre una cosa y otra, cuando Monteseirín llegó a la ciudad de los rascacielos ya había empezado el primer acto que tenía programado. Con las prisas de que iba tarde y sin tener qué ponerse, acabó pidiéndole prestado el traje a un miembro de su séquito que vestía alguna talla de más o de menos que él. Cada vez que Alfredo viaja a Londres, en el pecado lleva la penitencia.

La bilocación de Alfredo

Dicen que el alcalde estaba el sábado en Londres pero que su gabinete envió fotos en las que visitaba obras en la ciudad ese día, el domingo y el lunes. La canallesca habla de una estrategia de ‘desinformación’ del regidor por ocultar que se hallaba en la Gran Bretaña en vez de en la Gran Sevilla. Es más fácil y, a la vez, más complejo. El francotirador ha podido saber que, en realidad, el alcalde tiene el don de la bilocación, ubicuidad u omnipresencia, que le permite estar en tres sitios a la vez. Eso lo explicaría todo: Alfredo estaba el sábado en Londres; Sánchez, el domingo en Sevilla en una obra, y Monteseirín, el lunes en otra. ¿Será por obras? Este don, que su gabinete no publicita atendiendo al principio bíblico de que tu mano derecha ignore lo que hace la izquierda, sólo lo poseen quienes, como tantos virtuosos en la historia, están marcados por un destino superior. No debe olvidarse que el alcalde es el buena gente, una especie de santo laico, el siguiente tras Fermín Salvochea. Alfredo Sánchez Monteseirín. SMS. Uno y trino al mismo tiempo.

Cien óperas desaprovechadas

Rosamar ha viajado al  World Travel Market de Londres  para presentar un nuevo producto denominado ‘Sevilla, ciudad de ópera’ que se articulará a través de itinerarios relacionados con las óperas inspiradas en nuestra urbe. ¿Nuevo producto turístico? Mucho me malicio que esto es el forro reversible del viejo lema ‘Sevilla, ciudad de la música’, pero en su variante lírica. Y me sorprende esa vaguedad y  falta de ‘punch’ para promocionar la ciudad. Al producto le faltan cuando menos dos artículos. Sí, porque debe llamarse ‘Sevilla, la ciudad de la ópera’, sin pudor alguno, con plena arrogancia. Porque, ¿qué ciudad hay en el mundo que pueda presumir de ser escenario de más de cien óperas, desde el ‘Don Juan’ hasta ‘Carmen’?. Con muchísimas menos razones que Sevilla organiza Bayreuth su festival Wagner (selección de diez obras musicales); Salzburgo, su festival mozartiano,  y Torre del Lago su festival Puccini (40.000 espectadores cada verano). Sevilla no necesita más rutitas e itinerarios, Rosamar, sino ‘belcanto’,  y no sólo 6  veces al año. ¡Música, maestra!