Sevilla no dio la talla olímpica

Los Juegos Olímpicos de Londres han despertado alguna añoranza, con sordina por la crisis económica, del sueño olímpico sevillano para 2004, 2008 y 2012. La primera vez cayó en las votaciones del Comité Olímpico Internacional (COI) en Lausana; en la segunda no pasó el ‘corte’ olímpico, y en la tercera fue eliminada por Madrid en el Comité Olímpico Español (COE)

Tras el tercer fiasco, el Ayuntamiento acordó durante el segundo mandato de Monteseirín (2003-2007) respetar la prioridad de Madrid hasta 2020 para que disfrutara de las tres mismas oportunidades consecutivas que había tenido Sevilla. Este acuerdo sólo sería revocado si lo demandaba el COE y no se entraba en competencia con ninguna ciudad española, ni Madrid ni ninguna otra.

Ya da igual porque Madrid, pese a su deuda de casi 7.000 millones de euros (diez veces más que la de Sevilla), mantiene su candidatura a los Juegos de 2020, que se decidirán en Buenos Aires el 7 de septiembre de 2013. Junto a Madrid competían Roma, Estambul, Bakú, Doha y Tokio.

Y digo competían porque el primer ministro italiano, Mario Monti, obligó a retirar la candidatura de Roma con estas palabras: “No podemos correr riesgos después de los sacrificios que hemos pedido a los italianos. El Gobierno no se siente capaz de asumir este compromiso financiero, que podría resultar gravoso de un modo impredecible sobre Italia. Debemos ser muy respetuosos en este momento”.

El 80% de los italianos ha aplaudido la decisión de Monti de frenar la candidatura romana, cuando anteriormente un 80% estaba a favor de la misma, por miedo a una debacle económica. El presupuesto estimado por la ciudad eterna para los Juegos de 2020 era de 8.000 millones de euros.

Nunca se suelen cumplir los Presupuestos. En un tema rodeado de oscurantismo, donde se suelen ocultar o camuflar los datos, hay que moverse entre cifras y fuentes contradictorias, generalmente extraoficiales. Suele admitirse que salvo Los Angeles-1984, que habría obtenido un superávit de 300 millones de euros merced a las multinacionales americanas, todas las ciudades/países sede contrajeron elevadas deudas, incluida Barcelona-92, que habría generado un déficit de 4.000 millones de dólares al Estado y de 2.000 millones a la Generalitat de Cataluña y al Ayuntamiento.

Montreal presupuestó 250 millones para sus Juegos de 1976 y acabó gastando 1.600 millones. Aún arrastra el pago de la deuda. El presupuesto de Atenas-2004 pasó de 4.500 millones de euros a 10.800 millones. El de Pekín-2008, de 12.000 millones a 30.500 millones. Londres-2012 empezó hablando de 3.000 millones de dólares; luego, de 6.500 millones, y las últimas estimaciones son de unos 15.200 millones. Unos meses antes de la inauguración de los Juegos, un ministro británico, al comentar la factura olímpica, planteó: “De haberlo sabido, ¿habríamos presentado la candidatura para organizarlos?”.

 

El COI es consciente de la pésima imagen que suponen los Juegos deficitarios. Por esa razón instauró el ‘corte olímpico’ a partir de los que se iban a celebrar en 2008, para que las ciudades sin visos de éxito no siguieran gastando dinero. Sevilla fue examinada en materias como el apoyo social y político a su candidatura, su infraestructura general, la infraestructura deportiva, la villa olímpica, el medio ambiente, el alojamiento, el transporte, la seguridad, la experiencia previa, las finanzas del proyecto y su futuro legado.

No pasó el ‘corte’. En síntesis, el COI sostuvo que era una ciudad de mediana entidad que carecía de tamaño e infraestructuras suficientes para aspirar a organizar los Juegos, sobre todo por falta de plazas hoteleras (22.000 frente al mínimo de 42.000 exigidas) y carencias en el transporte público.

A raíz de aquel fiasco, rematado por la posterior derrota ante Madrid para 2012, los consultores Luis Millet (uno de los ‘padres’ de Barcelona-92) y Joaquín Blanco realizaron un informe al respecto. En su opinión, los criterios de valoración del COI son los subjetivos de sus miembros, por más que se disfracen de objetivos con la parafernalia del ‘corte’ y del comité evaluador, y reprocharon a la Oficina Olímpica sevillana, entonces dirigida por Alfonso Seoane, que hubiera permitido, por omisión, que Sevilla fuera descartada por criterios erróneos como la falta de infraestructuras y los problemas de tráfico, “meras coartadas para justificar una eliminación previa”.

Aun así, acabaron alineándose con el COI cuando recomendaron que la ciudad debía resolver sus problemas básicos de funcionamiento como condición previa para volver a aspirar a unos Juegos, aunque ello tampoco significara una garantía de éxito. Casi diez años después de aquel examen olímpico, Sevilla sigue teniendo las mismas asignaturas pendientes, con alguna leve mejoría: la línea 1 del Metro. No hay perspectivas de que se dupliquen las plazas hoteleras ni de que a corto plazo se construyan las líneas de Metro pendientes y se rematen la SE-40, la conexión AVE-aeropuerto y la ampliación de éste. Tampoco se ha sustituido el viejo Palacio de Deportes de San Pablo ni hay complejos acuáticos ni tenísticos adecuados.

Habrá tiempo más que suficiente para, en otra coyuntura más favorable, paliar estos déficits estructurales. La historia olímpica demuestra que el periodo mínimo para que se repitan los Juegos en un país es de 28 años (Sant Louis 1904/ Los Angeles 1932), los mismos que mediarían entre Barcelona-92 y Madrid si la capital española fuera la elegida para 2020, por lo que la siguiente ‘ventana’ de oportunidad no se le presentaría a Sevilla hasta dentro de 36 años: 2048.

 

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