Sevilla-Lyon con Vueling

Primer día de agosto del año 2014. Cinco y pico de la mañana. En un taxi camino del aeropuerto de San Pablo con toda la familia para tomar un avión de Vueling con destino a Lyon (Francia). De pronto repiquetea el teléfono móvil de forma estruendosa en el silencio de la calurosa madrugada sevillana. Es un mensaje SMS de Vueling avisando de que, por problemas técnicos, el vuelo que debía salir en torno a las 7, si mal no recuerdo, ha sido cancelado.

Desconcierto. Es la primera vez que me ocurre un caso como éste, cuando venía volando de forma habitual con Vueling sin haber sufrido hasta entonces ninguna incidencia, salvo que me rompieron una maleta tras un aterrizaje en Sevilla en uno de esos vuelos compartidos con Iberia, si no me falla la memoria. Afortunadamente, conservaba el ticket de compra y no tuvieron más remedio que pagármela. Sé que confiaban en que no iba a poder demostrar con papel alguno la adquisición, pero por deformación profesional periodística tiendo a archivarlos por bastante tiempo. Se llevaron una enorme sorpresa. Yo me limité a aplicar el sabio principio de mi abuela: el que guarda, halla.

Al llegar al aeropuerto, los mostradores de Vueling ya eran un caos de gente arrastrando maletas y preguntando a un par de desbordadas azafatas qué había pasado y, sobre todo, qué iba a ocurrir. Había varias colas y nadie sabía bien en cuál situarse, ya que, aparentemente, otros destinos sí estaban operativos. Aquello funcionaba en plan Radio Macuto, sin ningún responsable que diera la cara y una información oficial.

Al cabo de una noción de tiempo perdida se abrió un mostrador ante el que nos arremolinamos, cada cual con su historia a cuestas. La opción que me dieron era volar hasta París para al día siguiente tratar de enlazar hasta Lyon. Inviable. Opción B: otro vuelo a Lyon desde Sevilla el sábado a mediodía. Vuelta a casa con todo el equipaje, no sin antes rellenar una hoja de reclamaciones.

Al día siguiente, regreso al taxi a repetir el mismo itinerario del día anterior en plan ‘déjà vu’ y con el miedo metido en el cuerpo durante todo el trayecto esperando que de un momento a otro volviera a sonar el móvil con el puñetero mensaje SMS de Vueling anunciando una segunda cancelación. Afortunadamente, desembarcamos del taxi sin mayores sobresaltos. Y de pronto, en el vestíbulo de San Pablo ¿qué es lo que veo? ¡A la juez Mercedes Alaya con su familia!

No sé por qué se me viene a la mente un maquiavélico pensamiento: ¿Y si la juez va también a Lyon? Si resulta que va a Lyon, me imagino que Vueling no tendrá arrestos para cancelar otra vez el vuelo sabiendo cómo se las gasta su señoría. Y… ¡bingo! ¡La juez también facturaba su equipaje con destino a la ciudad francesa.! Pudimos respirar tranquilos. En ese momento supimos que el viaje iba a discurrir como la seda. Y así fue.

Tardaron meses en contestarme a la hoja de reclamaciones. Se trataba de un escrito-tipo en el que tras pedir las pertinentes disculpas -faltaría más- se justificaban con la inoportuna incidencia técnica imposible de prever, por lo que adiós y hasta otra, no deje de volar usted con nuestra compañía por esta tontería. Si había habido una incidencia técnica, debían especificarme en qué había consistido y el tiempo que habían tardado en corregirla, entre otros detalles. Silencio de los corderos.

Elevé una reclamación a Seguridad Aérea. Vueling fue incapaz de demostrar que había sufrido una avería. La excusa era pura mentira para camuflar su incompetencia o cambio de planes aun arruinando el inicio de las vacaciones a sus clientes. En el curso del expediente abierto supe que sólo yo había reclamado entre las decenas de afectados -luego se adhirió uno- por la cancelación. Así se aprovechan las grandes compañías del carácter, más bien su falta, del español: mucho piar pero actuar, poco o nada. Le era rentable cancelar el vuelo porque sabía que pocos iban a seguir adelante con su protesta.

Seguridad Aérea dictaminó que Vueling debía indemnizarme a mí y a toda mi familia. Pasaron meses y meses, pero conseguí que se rascaran el bolsillo conforme a la legislación europea. Insté a que, además, sancionaran a la compañía por haber mentido de forma alevosa con la historia de la falsa avería. Argumenté que sólo así se lo pensarían dos veces antes de repetir la jugada en cualquier aeropuerto, ya que en caso contrario les saldría casi gratis o gratis total.

En Seguridad Aérea se fueron por la tangente y me remitieron a otro departamento de Fomento para que fueran ellos los que se lavaran las manos ante los abusos de Vueling. La compañía había estado presidida hasta el verano anterior por Josep Piqué, dos veces ministro con Azar, en un ejemplo más de las “puertas giratorias” en que se ha convertido la política en España.

El Gobierno del PP ha necesitado que Vueling haya cancelado en los últimos días 46 vuelos y dejadas tiradas a 8.250 personas para atreverse a incoarle el expediente sancionador al que le insté hace dos años. Dice que estudia “posibles sanciones”. Será que aún le parece que no se dan suficientes razones para ello.

 

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