Pablo Ferrand, el arte de la vida

La Fundación Ducal Medinaceli y la Asociación para la Defensa del Patrimonio de Andalucía (ADEPA) me hicieron el honor de invitarme a participar en la velada necrológica en memoria de Pablo Ferrand, organizada para este miércoles, 20 de mayo (2026), en la Casa de Pilatos. Ante la imposibilidad de mi asistencia, les remití estas notas en recuerdo del homenajeado.

Tras la muerte de mi gran amigo Pablo Ferrand reflexioné sobre la vida y su sentido, en línea con Viktor Frankl. Todos estamos condenados a morir, pero ¿cuántos de nosotros podemos elegir vivir en el mayor grado posible conforme a nuestro proyecto vital, y en el menor grado posible por los condicionantes externos?

De las vidas que he conocido, a través de los libros o como espectador privilegiado, creo que la infancia más feliz y prolongada a lo largo de una existencia ha sido la de Gerald Durrell, narrada en su preciosa trilogía que se inicia con ‘Mi familia y otros animales’. Y que la madurez más plena ha sido la de Pablo Ferrand tras su jubilación anticipada/obligada por su salida de ABC.

Pablo pudo a partir de entonces dedicarse íntegramente a su familia -por tener, ha tenido también la dicha de disfrutar de sus nietos- y a sus aficiones. Tantas eran éstas que no dejaba de sorprenderme cada vez que me daba noticia de alguna faceta de su perfil renacentista desconocida hasta entonces para mí.

Coleccionar y restaurar discos de pizarra, por ejemplo. Aprender a mejorar el sonido de grabaciones antiguas mediante técnicas informáticas modernas. Encuadernar revistas y libros además de acumularlos de forma tan ingente que tuvo que adquirir el piso de un vecino para que su gran biblioteca no acabara desalojándolo del suyo. Los ex libris. Tocar el piano. Incrementar los discos en paralelo a los libros. Y las películas. Ampliar su repertorio culinario más allá de la pestiñada navideña, mahonesa incluida. La fotografía. Y un largo etcétera.

Su polifacético y extenso mundo de inquietudes tenía a modo de tres grandes polos geográficos: el arte, los viajes y la música.

De todos es conocida su pasión por el patrimonio histórico-artístico. Recuerdo haberlo acompañado aquí, a esta misma casa, en los años 80 del pasado siglo, a la presentación o a algún acto de la Asociación de Defensa Ecológica y del Patrimonio Histórico-Artístico, más conocida por sus siglas ADELPHA, junto a pioneros como Emilio Souto y Alfredo Pérez Sánchez. De Adelpha a Adepa, pasando por Andalus, Ben Basso, Hispania Nostra…Parafraseando a Publio Terencio, por ser profundamente humano nada de lo que afectara al patrimonio le era ajeno.

La distancia más corta entre dos puntos no era la línea recta para él, sino la quebrada resultante de la unión ficticia entre los hitos de cualquier clase  que suscitaran su interés. En sus frecuentes viajes a Suiza para visitar a su hija Irene -viajes que hacía en su coche de siempre, con decenas de miles de kilómetros tan a cuestas como las del título de la premiada novela de su padre- podía diseñar la ruta por el lado contrario, con tal de ver por el camino una ermita románica en un sitio casi inaccesible de Castilla y León.

Pablo Ferrand, Francisco Caro y Manuel Jesús Florencio (de izquierda a derecha), ante la cúpula de piedra del “molino”, en la finca del segundo en el Romerito de Zalamea la Real (foto realizada por Jesús Vozmediano)

¿Recuerdan el precioso libro ‘Arquitectura sin arquitectos’? También la arquitectura popular le atraía y no sólo la de los grandes genios, hasta el punto de que tuve que organizar un viaje a Zalamea la Real, al que se unió Jesús Vozmediano, porque quería conocer la cúpula levantada en el paraje ahora llamado El Romerito por mi tío Francisco Caro Moyano con piedras recogidas del campo como elemento constructivo. Francisco, en otra demostración de sabiduría ancestral, le había añadido un sistema natural de refrigeración que funcionaba por el mismo principio que el botijo, sin necesidad de aire acondicionado. Tanto una como otro dejaron maravillado a Pablo, por la belleza y eficacia de lo aparentemente más simple.

La música, ya fuera de Bach o de cualquier otro compositor, era otra de las razones por las que podía planificar un viaje, en función de algún festival de esos minoritarios o porque tocaba algún organista francés o alemán de apellido sólo para iniciados. Y me hablaba de viejas grabaciones de Decca, RCA o Deutsche Gramophon con la pasión del melómano, como si hubiera acudido en primera fila a un concierto dirigido por Arturo Toscanini o interpretado por otro gran Arturo, el pianista Rubinstein, compatriota de Chopin.

Así que dentro de la tristeza por la marcha de mi amigo me consuela, con la música homónima de Listz, la sensación de que Pablo fue, al menos en su madurez, plenamente feliz. Y hasta sembró vida con la muerte al donar sus órganos a otras personas que, sin conocerlo como lo conocí yo, lo bendicen cada día sin saber ni siquiera su nombre, porque dentro de sus cuerpos hay un trozo de él que se alimenta de su sangre. ¿Se puede tener una muerte más mística que la suya? Una muerte en continua comunión con los demás y que por tanto ya no es muerte propiamente dicha sino vida extracorpórea.

¿Por qué tan solo unos meses antes de su partida hacia esos cielos que perdimos según Joaquín Murube pero que él ya ha recuperado para toda la eternidad, Pablo me envió un libro de Zygmunt Bauman titulado ‘El arte de la vida’?

Pensándolo de forma retrospectiva, creo que con ese libro quiso darme un  mensaje: el de que el arte había sido el leitmotiv de su existencia y que a través del arte (la arquitectura, la pintura, la literatura, la música, el cine….) es posible alcanzar la felicidad.

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