Una de las estrategias del sector crítico del PSOE, encastillado en el Ayuntamiento junto a Monteseirín como bastión rebelde contra Viera, consistía en usar su presunto dominio de las agrupaciones de distrito, que a su vez garantizaban los graneros de votos al partido, para forzar el nombramiento del candidato a la Alcaldía de Sevilla al margen de la Ejecutiva Provincial. En esa estrategia, Celis, el delfín de Alfredo cuando éste fue defenestrado por el teletipo de Europa Press, pasaba por ser el controlador de los controladores socialistas en los barrios. Este mito también se ha derrumbado el 22-M. En el distrito donde Celis es el mandamás, San Pablo-Santa Justa, el PSOE ha perdido casi 3.000 votos, los mismos –e incluso más- que ha ganado el PP. Y eso que Alfonsito, en plan hijo pródigo vuelto al redil del oficialismo por aquello de sálvese quien pueda (aunque no ha caído esa breva), hizo campaña puerta a puerta en plan Avon pidiendo el voto para Espadas. Si como alcaldable ‘in pectore’ no tuvo futuro, parece que tampoco lo tiene como vendedor a domicilio.
La duquesa de Alba no quiso perderse el acto de presentación de la estatua de bronce erigida en su honor en los remozados Jardines de Cristina y, pese a sus problemas de salud y dicción y avanzada edad, pronunció de pie un discurso de agradecimiento a la ciudad en el que se refirió a Monteseirín como “el que fue alcalde”, todo un hallazgo semántico muy comentado entre murmullos por la numerosa concurrencia. No dijo el aún alcalde, el alcalde en funciones, ni el alcalde saliente, sino el pretérito alcalde, pese a que sólo habían pasado poco más de 48 horas desde las elecciones del domingo. Y a Zoido, apelado como “el nuevo alcalde”, Cayetana de Alba le pidió que mantenga el estilo de la ciudad y que no tire más casas antiguas, “porque Sevilla, como Venecia, sólo hay una”. Estas palabras fueron toda una carga de profundidad contra Monteseirín, el dilapidador de 140 millones de euros en su muy moderno mausoleo de las ‘setas’ de la Encarnación, y al que ya le pasan factura estando aún políticamente de cuerpo presente tras el 22-M. ‘Sic transit gloria mundi’.
Uno de los muchos mitos de ‘Sevilla la roja’ destruidos por Zoido en estas elecciones municipales ha sido el de los barrios calificados como inevitables graneros de votos del PSOE. De los once distritos en que está dividida la ciudad, el PP gobernará en nueve, tras arrebatar a los socialistas sus otrora cotos privados de Macarena, San Pablo-Santa Justa y Este-Alcosa-Torreblanca y duplicar su número de sufragios en los dos únicos islotes con el emblema del puño y la rosa que aún emergen en un mar plagado de amenazantes gaviotas como en la película ‘Los pájaros’, de Alfred Hitchcock: Cerro-Amate y Macarena-Norte. Si, metafóricamente, los medios de comunicación han calificado de ‘tsunami’ la histórica victoria pepera, en la mayor parte de los distritos de la ciudad al menos también simbólicamente podría colocarse en las paredes la siguiente leyenda, similar a la de las grandes riadas: “El día 22 de mayo del año 2011, a las 23 horas, llegaron los sufragios del maremoto de Juan Ignacio Zoido a los 20 concejales marcados en la línea inferior de este azulejo”.
El (sin) alcalde más en funciones que nunca dijo en cierta ocasión que el resultado de estas elecciones municipales sería el mejor balance de sus doce años de gobierno. Pues el pueblo de Sevilla ha hecho en el 22-M balance de la gestión de Monteseirín, el único aún no imputado de su gobierno, y de qué manera: le ha dado a Zoido una mayoría absolutísima de veinte concejales (récord histórico, uno más que los obtenidos por Del Valle en 1983, aprovechando la estela de Felipe González), con lo que aquél casi dobla en ediles a Espadas; 67.000 votos más que al PSOE y la victoria en todos los distritos menos en dos para que, como se susurraba en la antigua Roma a los oídos de cada nuevo césar, sea consciente de que no es inmortal. Estos resultados, por tanto, más que una debacle para los socialistas, son un tsunami. Bueno, pues conociendo al personaje que aún está de interino en la Plaza Nueva, es capaz de atribuir la catástrofe a que lo quitaran a él del medio (demasiado tarde) o de ir al partido a pedir un cargo en agradecimiento (¿?) a los servicios prestados.



