El dueño del vehículo está de vacaciones en Roma y no da permiso a los bomberos para que intervengan
Un nutrido grupo de personas ha protagonizado poco antes de las 13:00 horas de este lunes, 13 de julio (2026), un intento de rescate, con la ayuda de bomberos y policías locales, de un gato que lleva al menos dos días atrapado debajo del capó de un automóvil aparcado en la avenida de Francia, en el sevillano barrio de Los Bermejales.
Son las 12:45 horas. Hacia la mitad de la avenida de Francia (barrio de Los Bermejales) se ve un camión de bomberos, coche de la Policía Local, bomberos, policías y un numeroso grupo de personas arremolinadas en torno a ellos, al lado de la acera colindante con las casas unifamiliares adosadas. Va llegando más gente y al ver tal despliegue y acumulación empiezan las preguntas:
-¿Qué casa ha ardido?
-Ninguna (responde alguien).
-¿No? Pues huele a chamusquina.
-Es el olor de una sustancia química que han echado los bomberos.
-¿Para qué?
-Para salvar un gato.
-¡Un gato! ¿Dentro de la vivienda?
-No, dentro de ese coche que usted puede ver allí aparcado. Al parecer, aquella muchacha de los pelos lacios que está hablando con policías y bomberos es la dueña del gato y llamó pididiendo su intervención porque el animal lleva ahí atrapado desde hace al menos dos días.
-Pues no se oye ningún maullido (dice uno).
-Estará ya muerto (aventura otro).
-O a lo mejor no está ya ahí y lo estan buscando en vano, sin saber, buscar por buscar (apunta el de más allá).
-Debe estar aún vivo, porque la muchacha jura que esta mañana lo ha oído maullar (comenta otro que se mete en la conversación).
La historia se complica porque va circulando de boca en boca que el dueño del coche está de vacaciones en Roma y no se sabe cuándo volverá.
En esto se ve a un bombero que porta una especie de bombona pequeña, como de camping-gas.
Los aparentemente más entendidos van transmitiendo la información al resto de curiosos allí congregados. Al parecer se trata de una bombona de aire comprimido. El bombero, por la experiencia acumulada en casos similares anteriores, confiaba en que inyectando aire comprimido a través de los bajos y rendijas de la carrocería el animal saldría de inmediato, pero nada de nada. No hay rastro del gato ni da señales de vida.
El bombero, siempre según la versión de los más cercanos físicamente a él, trata de tranquilizar a los presentes con el argumento de que el gato, lo mismo que ha penetrado dentro del capó del coche, acabará saliendo por sus propios medios. Confía además en que en cuanto el sol suba por el horizonte, en la vertical del puente del Centenario, y sus inclementes rayos calienten cada vez más la carrocería del automóvil, la implacable subida de la temperatura fuerce al felino a abandonar su refugio o trampa, quién sabe.
Una de las jóvenes allí congregadas que proclama su amor a los animales y que verosímilmente es la que ha pedido la intervención de los Servicios municipales para tratar de salvar al gato atrapado siembra la duda:
-¿Y si se ha roto una patita y el pobrecito no se puede mover?
Los que se mueven y acaban yéndose son los policías y los bomberos tras invocar el protocolo.
-¿Protocolo? ¿Qué es eso del protocolo? (pregunta uno situado en la parte final del corrillo?
-Es que dicen que según el protocolo establecido ellos no pueden tocar el coche sin el consentimiento del propietario, al que han localizado en Italia, pero aquél, por temor a que le causen algún destrozo a su vehículo, no da permiso para que intevengan (aclara otro).
-¡O sea, que importa más el capó de un coche que la vida del animalito! ¡Qué vergüenza! (clama, indignada, otra joven)
En la bulla queda claro que quien llamó al Ayuntamiento pidiendo ayuda no es la dueña del gato, aunque afirma que podría haberlo sido. Y entre la gente hay dos personas que dicen haber perdido sus respectivos gatos domésticos hace unos días, por lo que bien podría ser suyo el animal atrapado.

Se colocaron en el limpiaparabrisas y en las ventanas del coche mensajes ‘Gato en Motor’
De pronto aparece otra joven, inquiere por lo que está ocurriendo y una vez enterada afirma que ella tiene seis gatos y amplia experiencia en caso de pérdidas y recuperaciones de felinos. Se agacha delante del coche.
Como si el animal la hubiera oído y hubiera recuperado la esperanza, el gato empieza a maullar por debajo del capó, hacia la zona de la rueda delantera izquierda del vehículo.
-¡Vivo! ¡Está vivo! ( gritan con alborozo los presentes).
La joven recién llegada examina desde el suelo el vehículo por debajo, y luego da vueltas alrededor del mismo, buscando algún punto favorable por el que introducir las manos y tratar de sacar el gato, pero la gente la contiene:
-¡Señorita, no haga usted nada, por Dios, no vaya a cortarse las manos y tenga que lamentar una desgracia!
La joven desiste. A alguien se le ocurre que el animal, después de al menos dos días atrapado, debe tener hambre, por lo que se podría incentivar su salida estimulando su apetito mediante la colocación de comida delante de las ruedas.
-Ya lo hemos hecho, pero no ha dado resultado (comenta otra de las mujeres).
Efectivamente, sobre el asfalto hay rodajas de salchichón.
-Eso no da resultado porque despide poco olor. Hay que colocar algo mucho más fuerte, como sardinas u otro tipo de pescado (opina otro de los congregados).
Una mujer se ofrece para ir a comprar a la cercana pescadería del barrio o al supermercado pescado, vísceras o lo que despida el olor más potente, a ver si así el gato sale de una vez del coche.
En esas, la joven que llamó al Ayuntamiento para pedir socorro exhibe el teléfono móvil y anuncia que ha logrado contactar por WhatsApp con el propietario del coche, el que está de vacaciones en Italia, al que trata de convencer de que otorgue su consentimiento para la operación de rescate del animal, lo que implicaría el regreso de los bomberos y de los policías. Le argumenta qué es peor, que le causen algún desperfecto al abrirle el capó o que a la vuelta de su viaje se encuentre el vehículo apestado por el cadáver del gato y que tenga que extraerlo con sus propias manos.
Tras una serie de mensajes, la joven anuncia que el dueño del coche va a tratar de comunicarse con un familiar, que está en el hospital en una consulta médica, con el fin de que cuando salga vaya en autobús hasta su vivienda y le pueda dar instrucciones para que encuentre la llave del automóvil y abra el capó para que así el gato atrapado quede libre.
Se produce un suspiro general de alivio. La joven, desconfiada, afirma que se quedará allí, al lado del coche, hasta ver aparecer a quien debe abrirlo y liberar al animal. Otras dos jóvenes comunican que volverán por la tarde para comprobar que, efectivamente, el animal se ha salvado.
(Me pregunto qué habríamos hecho nosotros, el cronista que escribe y quien me lee, en caso de habernos hallado en una situación similar a la del dueño del coche que está de vacaciones en Roma).
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