La servilleta de Zoido

Zoido anunció en su discurso de investidura como nuevo alcalde que procurará moderar gradualmente la presión fiscal que sufren los sevillanos porque, a su juicio, la aplicada hasta ahora supera la media de la vigente en las grandes ciudades españolas  sin que ello redunde en unos servicios de excelencia en la capital de Andalucía. De ahí deriva su obsesión por que las Delegaciones Municipales den una respuesta rápida y eficaz a las demandas cívicas, a fin de cumplir su objetivo de que “Sevilla funcione”.

Inmediatamente, el líder de la Oposición, el socialista Espadas, rechazó la idea de Zoido y la calificó como “la cuadratura del círculo”. En su opinión, el recorte presupuestario no cuadra con la necesidad de obtener ingresos que, ahora más que nunca, tienen los ayuntamientos por causa de la crisis económica.

Sin  embargo, la cuadratura del círculo es posible, tal como se demuestra en una servilleta expuesta en una vitrina del ‘Brookings Institution’ de Washington. La historia de la servilleta, o más bien la servilleta que ha pasado a la historia de la Economía, tiene su origen en una cena celebrada en el restaurante ‘Two continents’ de la capital federal norteamericana en los años 70 del pasado siglo.

A la mesa se sentaron, entre otros, el economista Arthur Betz Laffer; el periodista Jude Wonninski, del ‘Wall Street Journal’, que luego daría fe del suceso, y Dick Cheney, entonces jefe de Gabinete del presidente Gerald Ford y posteriormente vicepresidente con George Bush.

Laffer, profesor de la Universidad de Los Angeles, había inspirado en California la denominada ‘Proposición 13’, consistente en una rebaja del impuesto sobre el patrimonio, y en esa cena discutía con Cheney sobre la presión fiscal, como ahora discuten Zoido y Espadas a través de los medios de comunicación.

En un momento dado, el profesor sacó un bolígrafo del bolsillo para tratar de explicarse mejor y, no teniendo papel a mano sobre el que escribir, agarró una servilleta sobre la que trazó lo que ha pasado a la posteridad como ‘la curva de Laffer’.

El docente angelino dibujó una ‘U’ invertida: un diagrama en el que colocó el tipo de impuesto en el eje de las abscisas y la recaudación fiscal en el de las ordenadas. Para no extendernos en detalles, diremos de forma resumida que, según su teoría, si los impuestos suben de forma continua (en la hipótesis extrema podrían gravar el 100% de la renta) llegará el momento en que los contribuyentes dejen de pagar, porque les será más rentable el fraude o dedicarse a la holganza que invertir o trabajar para que al final se lo lleve todo Hacienda.

La famosa servilleta

Por el contrario, si la presión fiscal baja a partir de un nivel muy elevado, como reacción aumentarán la inversión, el consumo, el empleo y la renta disponible de los ciudadanos y, por ende, la Administración recaudará más dinero al haber mayor actividad económica.

Laffer pretendía demostrar con su ya famosa curva en la servilleta que no por subir la presión fiscal necesariamente se recauda más dinero, y viceversa: no por bajar los impuestos se recauda menos.

El problema, empero, es que la curva no es una fórmula exacta, porque hay que averiguar de forma empírica cuál es el momento en el que se logra la máxima recaudación posible y si la economía se encuentra en un lado o en el otro de la ‘U’ invertida. En caso de errar en la apreciación, una bajada de impuestos sí puede implicar  un descenso en la recaudación en vez de al contrario.

 

DE REAGAN A ISLANDIA

 

La aplicación de la teoría de Laffer ha tenido efectos dispares. Reagan fue uno de sus más entusiastas seguidores y decretó una rebaja general de impuestos en EEUU, pero como en paralelo multiplicó los gastos militares (la llamada ‘guerra de las galaxias’) para presionar a la Unión Soviética, el déficit público se le disparó. En su segundo mandato rectificó, moderó los gastos y obtuvo un cierto éxito.

Antes de la actual crisis financiera y de sentar en el banquillo de los acusados a su ex primer ministro por no haber sabido evitar el ‘crash’ de la banca, Islandia se apuntó también a la curva de Laffer. Entre 1991 y 2001 el tipo impositivo islandés fue reduciéndose gradualmente del 45% al 18% y la Hacienda del país nórdico, en vez de recaudar menos acabó triplicando sus ingresos.

El tiempo y la experiencia acumulada han enseñado que para que la curva de Laffer que a su manera y con sus palbras  trata de aplicar Zoido tenga éxito es condición ‘sine qua non’ contener el gasto público en paralelo a la reducción de la presión fiscal.

El anuncio de Zoido es estimulante porque obligaría al Ayuntamiento a aplicarse a sí mismo una variante de la clásica definición económica: sus necesidades de gasto no pueden crecer de forma infinita a partir de los limitados recursos económicos de los ciudadanos, y menos justamente en una época de crisis como la actual, al peor de la historia reciente. Para Zoido, lo más fácil sería seguir el camino trillado de incrementar la presión fiscal con el pretexto de que Monteseirín le ha dejado las arcas vacías, pero está optando por la senda más difícil, algo ya digno de encomio.

Y extraña que Espadas critique a Zoido por moverse entre la curva de Laffer y la cuadratura del círculo, porque al fin y al cabo el líder de su partido y presidente del Gobierno, Zapatero, ya proclamó en el año 2003 que “bajar los impuestos es de izquierdas”.

Al final, Zoido hasta le va a arrebatar también esa bandera al PSOE.

 

 

 

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