Anti-bocata

El alcalde de Roma, Gianni Alemano, ha hecho honor a su apellido tan poco mediterráneo prohibiendo que los turistas coman bocadillos al aire libre so pena de multas de hasta 500 euros. La excusa para esta medida contra los turistas-mochileros es que degradan áreas tan emblemáticas como la Plaza de España y la Fontana di Trevi. Algunos han saludado con alborozo el denominado bando ‘anti-panino’ (‘pan’ en italiano) y consideran que Zoido debería emularlo en Sevilla.

De un tiempo a esta parte observo una ofensiva general contra los despectivamente denominados ‘turistas de alpargata’ o ‘de mochila’, pero ¿quién no lo ha sido alguna vez? Y ¿quién que lo fue no ha vuelto luego de otra manera a los sitios que aprendió a amar de esta forma? A ver si vamos a repetir el error de Coral, la central de reservas de la Expo, pensando en que todo el monte del turismo era orégano con precios hoteleros prohibitivos que estigmatizaron  Sevilla con la fama de ser la ciudad más cara de Europa.

Sin recurrir a esta humilde forma de viajar, ni yo ni muchos otros habríamos conocido otras ciudades del mundo, Roma entre ellas. He comido bocadillos y pizzas en todos los lugares ahora prohibidos por el alcalde romano: desde a la sombra de los pinos del Capitolio hasta bajo la columnata de Bernini en el Vaticano. Y sin dejar nunca un papel o una botella en el suelo, porque la humildad no está reñida con el respeto y la limpieza.

Curiosamente, el bando de Alemano ignora otro fenómeno similar al que sufrimos en Sevilla y que es tan perjudicial para los espacios nobles como el turismo de los pobres: la invasión de las plazas públicas por los veladores, que allí denominan ‘mesas salvajes’. Los restaurantes de, por ejemplo, la plaza Navona cada vez abarcan más sitio para ofrecer a los turistas que pueden permitírselo sus platos de pizza como aquí los de paella, incrementando de paso la presión sobre las tres maravillosas fuentes existentes. El Ayuntamiento, sin embargo, hace la vista gorda. Pasar o no pasar por caja, ésa es la cuestión y no tanto el celo por el patrimonio.

Miremos a nuestro alrededor: a nuestras calles, plazas, parques, jardines en temporada baja turística, y a los entornos de los estadios de fútbol cada domingo, no frecuentados precisamente por visitantes foráneos pero que devienen en basureros al aire libre. Si Zoido tuviera que emular a su homólogo romano no sé yo si se impondrían más multas por ensuciar la vía pública a los nativos de Sevilla o a los turistas mochileros.

 

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