Una gran dama

Soledad Becerril, al contrario que otros cuyos nombres están frescos en la memoria por su empeño en perpetuarse en las listas electorales para el 20-N pese a que llevan toda la vida en  la política y sin bajarse del coche oficial, ha anunciado por sorpresa su retirada de la vida pública diciendo que debe dejar paso a otras personas, mostrando su gratitud a todos y pidiendo perdón por sus errores. Si, como cantó el poeta, el estilo es el hombre, el de Soledad Becerril ha sido siempre, y también ahora, el de una gran dama que vino a servir y no a servirse y que estuvo a la altura en circunstancias tan trágicas para la ciudad como el asesinato por ETA de Alberto y Ascen. Podría haber seguido hasta que hubiera querido, pero ha optado por no convertirse en ese jarrón chino tan valioso del que metafóricamente hablaba Felipe González. Con su adiós y el de otros que como ella hicieron posible la Transición de la Dictadura a la Democracia se va una parte de nuestra historia reciente. Y de alguna manera sentimos que también de nosotros mismos, cronistas de su época.

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