La zapata de Triana

El delegado de Empleo, Economía, Fiestas Mayores y Turismo (no sé si me he dejado alguna competencia más en el tintero) del Ayuntamiento de Sevilla, Gregorio Serrano, ha criticado la “hipocresía” de la Junta de Andalucía en relación con el polémico proyecto del alicatado con un mural cerámico de la zapata de Triana, por “dejar ahora en manos del Ayuntamiento toda la responsabilidad (del proyecto) cuando tiene el liderazgo del plan turístico”.

Según Serrano, para el que la ubicación del lienzo de azulejos “depende del proceso de diálogo con vecinos y entidades”, el mural “fue una obra licitada y consentida por la Junta en el marco del Plan Turístico de Sevilla y no entendemos -añadió- que antes se estuviera de acuerdo y ahora no”.

El mural en el malecón trianero se ha convertido en toda una metáfora del proceder político del Ayuntamiento presidido por Juan Ignacio Zoido, más atento al afán de protagonismo inmediato y a hacerse la foto que a atender a otras consideraciones de índole cultural y económica.

AL MARGEN DE LA JUNTA

Si ahora resulta que es la Junta de Andalucía la que tiene el liderazgo político del Plan Turístico de Sevilla, en cuyo marco se habría aprobado la instalación de este gran mural que desfiguraría la imagen tradicional que ofrece la calle Betis desde hace un par de siglos, ¿cómo es que nada menos que tres delegados municipales, el propio Serrano; Francisco Pérez, ‘alcalde’ de Triana, y Maximiliano Vílchez, responsable de Urbanismo, lo presentaron a bombo y platillo la pasada primavera y sin participación de ningún representante del Gobierno andaluz? ¿Cómo debería calificarse entonces la iniciativa del Ayuntamiento? ¿Deslealtad institucional? ¿Afán de protagonismo? ¿No habría puesto Gregorio Serrano el grito en el cielo en caso de que la Junta hubiera dado un golpe de mano como el suyo y hubiera presentado en solitario a los medios de comunicación un proyecto cuyo liderazgo correspondiera al Consistorio?

Aunque fuera verdad lo que ahora, que no desde el principio ni a lo largo de estos meses de polémica, ha dicho Gregorio Serrano, su tesis es inaceptable desde el minuto uno, o sea, desde el momento en que el Ayuntamiento le arrebató el proyecto a la Junta de Andalucía e hizo bandera del mismo ante la opinión pública pensando en que la idea iba a ser tan aplaudida en Triana y en el resto de Sevilla como el ‘mapping’ que proyectó en Navidad sobre la fachada de las Casas Consistoriales.

Aunque fuera verdad que la Consejería de Turismo aprobó, como reconoce, el presupuesto del Plan Turístico de Sevilla pero no más, y en cuyo capítulo de señalética se habría incluido esta innecesaria y costosa -máxime en los tiempos de gravísima crisis económica que estamos viviendo- rotulación en Triana, el proyecto tiene una afección al patrimonio histórico-artístico tan obvia hasta para el más profano que escapa a la competencia de la Consejería de Turismo y que ha de someterse al dictamen previo (subráyese lo de previo) de la Comisión Provincial del Patrimonio de la Consejería de Cultura, un trámite que el Ayuntamiento soslayó desde el principio en una práctica que recuerda los peores vicios de la etapa de Monteseirín.

PARADOJA

Por tanto, puede producirse perfectamente la paradoja, incomprensible para Gregorio Serrano, de que el consejero de Turismo Luciano Alonso no vetara desde la perspectiva de su Departamento que se incluyera Triana en el plan señalético-turístico y que, posteriormente, el mismo Luciano Alonso, ya investido con la responsabilidad de la Cultura andaluza, objete la adulteración del paisaje tradicional de la calle Betis y la zapata con la instalación de este mural, primero de una serie, de gran tamaño.

‘Mutatis mutandis’, el delegado de Economía del Ayuntamiento de Sevilla, Gregorio Serrano, se entusiasmaría ante la posibilidad de que una gran multinacional ofreciera una cantidad multimillonaria por que se la autorizara a colocar su publicidad en el Real de la Feria de Abril, pero el delegado de Fiestas Mayores del Ayuntamiento de Sevilla, casualmente también Gregorio Serrano, vetería la propuesta sin caer en la esquizofrenia, sabedor de que vulneraría la Ordenanza de la Feria, cuya aplicación es de su competencia.

CONTUMACIA

El segundo aserto de Gregorio Serrano, ése de que “la ubicación del mural depende del proceso de diálogo con vecinos y entidades”, es una burla a la inteligencia. El Ayuntamiento no ha dialogado con nadie: lo suyo ha sido un monólogo. Si hubiera dialogado previamente, y vuelvo a subrayar lo de previamente, le habría bastado con constatar el rechazo de amplios sectores ciudadanos y culturales de la ciudad, opuestos a que se altere la visión tradicional de Triana, para haber renunciado a la iniciativa, bienintencionada pero errónea. Y no habría pasado nada. Al revés: más que probablemente se habría ganado el aplauso general (el consejero Llera hasta recibió parabienes por reconocer que no había un euro para seguir mareando la perdiz con la Ciudad de la Justicia) por haber sabido rectificar a tiempo y escuchado la opinión ciudadana.

Sin embargo, la soberbia de los políticos es tal que la mayoría prefiere la contumacia en el error antes que dar su brazo a torcer. Para aparentar el inexistente diálogo, hasta todo un profesor universitario como el delegado trianero, Francisco Pérez, se inventó unas Jornadas patrimoniales en que sólo dio voz a la parte interesada en el proyecto y alineada con las tesis municipales. ¿Diálogo o monólogo?

HECHOS CONSUMADOS

En una política de hechos consumados, sin tener en cuenta el posible dictamen negativo de la Consejería de Cultura ni atender los miles de firmas en contra del proyecto, el Ayuntamiento encargó bajo cuerda a una fábrica de Castellón los azulejos para el mural supuestamente trianero, con lo cual ha incurrido en un nuevo despropósito y dejado en evidencia su argumento de que con este proyecto también pretendía realzar la artesanía cerámica tradicional del arrabal. El mural ni siquiera está hecho en Triana, y en vez de fomentar la artesanía local hemois acabado fomentando la de Castellón de la Plana.

Gregorio Serrano, pues, ha aludido a un supuesto proceso de participación ciudadana para decidir sobre el mural cerámico que no es más que un paripé, una pantomima, pues ya estaba todo atado y bien atado y los azulejos, traídos desde Castellón y almacenados aquí a la espera de su colocación final, prevista para este mes de septiembre.

SEÑALÉTICA SIN IMPACTO

Ahora, para salvar la cara pero para demostrar que el mural se va a colocar en Triana pese a quien pese, Zoido se muestra dispuesto a buscar un emplazamiento alternativo al malecón, lo cual no hace más que ratificar la innecesariedad de un proyecto con un presupuesto global de 180.000 euros y en el que ya se habrían gastado 60.000. ¿Acaso no saben los turistas dónde está Triana, aunque no haya mural alguno en la zapata? ¿Necesita Roma colocar un mural de gran tamaño en el malecón del Tíber para indicar dónde está el Trastevere? ¿O París en el malecón del Sena para señalizar el Barrio Latino o cualquier otro? ¿Y por qué no instalar en justa correspondencia otro gran mural cerámico en la pared del Paseo Alcalde Marqués del Contadero, para indicarles a los turistas ‘trianeros’ dónde está Sevilla?

Por el contrario, lo que sí necesitan Triana y Sevilla es que se rotulen cuantos más tramos de avenidas y calles en sus intersecciones con otras vías públicas, mejor, como, por ejemplo, hace de forma modélica Salamanca, para que los turistas no se confundan y nuestro nomenclátor responda a lo que viene en los mapas. Serían pequeñas actuaciones, baratas y de grandísima utilidad para nuestros visitantes, pero, claro, no permitirían a los políticos de turno hacerse la foto como la que se harían ante un mural de gran tamaño como el que desfiguraría el paisaje histórico de Triana y cuya única función sería señalizar lo obvio.

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