La maldición del arquitecto Ricardo Bofill con Sevilla

Fue rechazado como comisario de la Expo-92, no pudo ordenar las márgenes del río ni hacer el proyecto Marina de Sevilla y le tumbaron en la Cartuja un rascacielos cien metros más bajo que la torre Pelli

Ricardo Bofill, «el arquitecto barcelonés más internacional» en acertada definición del ministro de Cultura, Miquel Iceta, ha muerto a los 82 años. El propio Bofill destacaba de su biografía que su madre era italiana, que cursó sus estudios en el Liceo Francés y amplió su formación en la Escuela de Arquitectura de Ginebra y llevó una vida cosmopolita, con encargos por todo el mundo desde su base en la ciudad Condal, donde fundó el Taller de Arquitectura. Éste tuvo un pionero carácter multidisciplinar, con profesionales de todo tipo (incluso una actriz, que se convertiría en la madre de su hijo homónimo) y en el que aún hoy trabajan un centenar de personas de treinta nacionalidades distintas. Hizo encargos en todo el mundo menos, si mal no recuerdo, en Sevilla, una ciudad convertida en maldita para él pese a haber declarado que «la adoraba, al igual que a Florencia». Lo de Bofill con Sevilla fue un amor platónico, nunca correspondido.

El primer fracaso del ya por entonces arquitecto de fama mundial se produjo con su frustrado nombramiento como comisario general de la proyectada Exposición Universal en 1992. En las hemerotecas puede leerse una crónica publicada por el diario El País el 22 de enero de 1984, en los siguientes términos:

«El arquitecto y urbanista Ricardo Bofill será el comisario regio de la Exposición Universal de 1992 en Sevilla si, como es de esperar, el Consejo de Ministros acepta su candidatura, propuesta por Luis Yáñez, presidente del ICI (Instituto de Cooperación Iberoamericana) y de la comisión organizadora y que cuenta con todos los respaldos necesarios. Su condición de no andaluz y de urbanista y arquitecto despertará muy probablemente polémica en medios de Sevilla.

El anuncio de la candidatura de Ricardo Bofill, que de hecho supone su nombramiento oficioso, fue efectuado ayer formalmente por el propio Luis Yáñez en el curso de un breve acto en el Ayuntamiento de Sevilla y consistente en la entrega a la ciudad de la bandera de la Exposición.

En la mesa presidencial estaba, junto a Luis Yáñez y el alcalde, Manuel del Valle, el vicepresidente de la Junta, José Rodríguez de la Borbolla. Según ha podido saber este periódico, en la figura de Ricardo Bofill han estado de acuerdo el presidente y vicepresidente del Gobierno, el ministro de Exteriores, la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento y la Diputación de Sevilla, así como la sociedad estatal creada para la Expo-92.

Ricardo Bofill

El nombre del comisario regio era esperado con enorme interés en Sevilla, y ha sido celosamente guardado en secreto por los responsables de su designación hasta ayer. En distintos medios se especulaba con la posibilidad de que la designación de Ricardo Bofill, que hará oficial el Consejo de Ministros de la próxima semana, podría despertar una fuerte polémica local, tanto por su condición de no andaluz como por la de arquitecto y urbanista, por existir en Sevilla arquitectos de fuerte prestigio a quienes se consideraría menospreciados por este nombramiento.

En el breve acto de ayer, el alcalde de Sevilla declaró que la ciudad había sido, en su persona, consultada para esta designación y llamó al olvido de polémicas provincianas y localistas, al tiempo que puso de relieve el importante prestigio del candidato.

La Expo-92 es, desde hace tiempo, una polémica latente en la ciudad, donde se enfrentan dos criterios opuestos a la hora de designar la localización de los pabellones. Un sector de sevillanos importantes, de peso y prestigio en la ciudad, ha defendido la necesidad de que la Expo-92 se utilizara para rehabilitar el casco antiguo de la ciudad, utilizando sus viejos palacios y conventos para, convenientemente, remozados, instalar los pabellones de los países que concurran.

Frente a eso, ha triunfado la tesis de construir los pabellones en los terrenos de la Corta de la Cartuja, en una amplia extensión de terreno contigua a la ciudad, pero separada de ésta por el río. Las condiciones de tráfico de Sevilla, con sus estrechísimas callejuelas, y las dificultades para adaptar los edificios antiguos a las nuevas necesidades, son las razones que han llevado a elegir la otra opción……»

Pues, tal como sospechaba el cronista, en cierta Sevilla se desató una furibunda campaña en contra del nombramiento de Ricardo Bofill como comisario general de «su» Exposición Universal, con el exclusivo argumento de que se trataba de un catalán y de que en Cataluña jamás habrían nombrado a un andaluz como comisario de una Exposición en Barcelona ni como máximo responsable de los Juegos Olímpicos.

El anuncio oficioso nunca se materializó en Consejo de Ministros alguno pese a declaraciones de Bofill mostrando su extrañeza en tal sentido, y finalmente el presidente del Gobierno, el sevillano Felipe González, acabó nombrando para el puesto a un antiguo profesor suyo de la Universidad Hispalense nacido en Ceuta, Manuel Olivencia.

Muchos años después, Luis Yáñez declaró que el nombramiento de Bofill se topó «con la Sevilla Eterna».

LAS MÁRGENES DEL RÍO

El 12 de mayo de 1988, el alcalde de Sevilla, Manuel Del Valle, anunció que por encargo directo suyo Bofill se encargaría de la ordenación urbanística de las márgenes del río Guadalquivir a su paso por el casco histórico, entre los puentes de Triana y el de las Delicias. El arquitecto barcelonés, tras la reunión con el alcalde, expresó que el proyecto constituía un «desafío histórico» que estaba dispuesto a asumir.

El plan de ordenación del Guadalquivir formaba parte de un convenio suscrito entre el Ministerio de Obras Públicas, la Junta del Puerto y el Ayuntamiento de Sevilla para recuperar antes de la Expo 92 el carácter público de las márgenes del río, hasta entonces, al igual que ahora, ocupadas parcialmente por tres clubes náuticos, algunas instalaciones portuarias y otras zonas sin uso específico.

La propuesta del alcalde a Bofill, que fue inicialmente candidato a comisario de la Expo 92, se interpretó en diversos sectores como un «acto de desagravio» al arquitecto catalán, el cual sufrió una virulenta campaña de desprestigio fomentada por sectores alineados con posiciones ideológicas conservadoras para impedir, como así ocurrió, su nombramiento.

Ricardo Bofill, haciendo el esbozo de uno de sus proyectos

Manuel del Valle subrayó, no obstante, que su oferta tan sólo perseguía incorporar a figuras de la arquitectura internacional a los proyectos municipales relacionados con la Exposición Universal. Sobre el mismo asunto, Bofill declaró al diario El País que las críticas recibidas, entre ellas por el simple hecho de ser catalán, nunca fueron interpretadas por él como una reacción anticatalana, sino como «una reacción de miedo de unos intereses sociales y económicos de Sevilla, que pensaron que yo les podía cambiar las reglas del juego».

Tras recibir el ofrecimiento para ordenar las márgenes del Guadalquivir, Bofill explicó que se trataba de un «proyecto apasionante» y un «reto histórico» que estaba dispuesto a asumir. En ese sentido adelantó su propósito de realizar «un proyecto monumental, con la pretensión de que fuera una obra de arte en el sentido urbano, arquitectónico y estético, y al mismo tiempo un proyecto posible y realista».

Sin embargo, esa ordenación de las márgenes no llevó tampoco la firma del arquitecto internacional.

MARINA DE SEVILLA

Poco tiempo después también fracasó la propuesta, esta vez de manos de la iniciativa privada, capitaneada por el empresario Manuel Prado y Colón de Carvajal, para el proyecto «Marina Sevilla», un puerto deportivo, que se pensaba desarrollar en el antiguo cauce de «Los Gordales», en terrenos de los clubes Náutico y Mercantil.

Un Puerto Banús en Sevilla. Esa era, según ABC, la idea para «Marina de Sevilla», un complejo de ocio, hoteles, palacio de exposiciones y conciertos en los terrenos que ocupaban el club Náutico y Mercantil. Como colofón, se usaría el puente de Alfonso XIII, popularmente conocido como el puente de hierro -hoy arrumbado y víctima del vandalismo-, para comunicar los dos brazos de la marina hispalense.

Cuando se empieza a hablar del proyecto que debía abrir al río el barrio de Los Remedios a finales de los años 80, se plantea que la zona de Sevilla se convierta en una suerte de Venecia con tiendas, un hotel de lujo, sala de conciertos y una zona para el comercio tradicional. Se preveía un muelle privado para grandes cruceros y barcos.

Así concibió Ricardo Bofill el proyecto Marina de Sevilla, un Puerto Banús a la sevillana

Cuando en el año 1989 parecía que Marina de Sevilla moriría en el olvido de los proyectos sin realizar en la ciudad, se le dio un nuevo impulso: el arquitecto Ricardo Bofill se hizo cargo de la redacción de la propuesta. Entonces se dijo que la obra supondría una inversión de 6.000 millones de pesetas y crearía unos 500 empleos estables.
En la cabeza de Bofill la idea de la Marina de Sevilla era un complejo monumental, a la altura de lo que supuso el hotel Alfonso XIII para la ciudad. De hecho, el hotel que debía integrarse en el proyecto buscaba ser réplica del cinco estrellas construido para la Gran Exposición Iberoamericana de 1929. Su nombre debía ser Juan Carlos I. Al final, el proyecto se acabó diluyendo y nada más se supo.

PUERTO TRIANA

El 4 de julio del año 2000, el delegado municipal de Urbanismo, el entonces andalucista Rafael Carmona, anunció que Ricardo Bofill se encargaría del rediseño del proyecto de complejo comercial y de ocio denominado Puerto Triana, en el acceso Oeste a la isla de la Cartuja, donde hoy se alza la torre Pelli, de 180 metros de altura.

Los promotores de Puerto Triana señalaron que la idea de otorgar el diseño a un arquitecto de prestigio internacional partió del delegado de Urbanismo. «Rafael Carmona nos propuso esta idea para que con la construcción del centro comercial la ciudad recibiera un valor añadido, que se generara patrimonio artístico», comentaron.

Se propusieron cinco arquitectos: «Norman Foster fue descartado porque queríamos un profesional español; Rafael Moneo y Santiago Calatrava ya contaban con obras en Sevilla, y entre Óscar Tusquets y Ricardo Bofill, nos decidimos por este último. Un hombre de cultura mediterránea con una trayectoria reconocida y obras como el aeropuerto de Barcelona que lo avalan», aseveraron desde Puerto Triana.

Ricardo Bofill explicó que estaba elaborando la definición del proyecto: «Por sus connotaciones es un trabajo entre el urbanismo y la arquitectura. Vamos a hacer algo más que un centro comercial, va a ser -dijo- un trocito de ciudad con estilo vanguardista. Desde luego no será nada parecido a los edificios de la Expo 92 ni tampoco un elemento insólito. No vamos a colocar un ovni».

El arquitecto catalán comentó que estaba trabajando codo con codo con José Luis Manzanares, el creador del proyecto original que ganó el concurso, y con la empresa Ayesa para la formulación de la edificación. Destacó el que la mayoría de los partidos políticos hubieran consensuado posturas acerca del complejo y que estuviera ubicado en Sevilla como motivos para acceder a emprender esta aventura.

Bofill dijo que todavía estaba en la «fase previa» del diseño aunque desgranó las ideas principales: «Se le va a dar mucha importancia al río, el agua será un elemento fundamental. La luz contrastada y sobre todo la relación con Triana y Sevilla. Un proyecto totalmente integrado con la realidad que lo rodea y a la vez imaginativo».

El delegado de Urbanismo se mostró satisfecho por la decisión de los promotores del complejo comercial: «El proyecto anterior no se integraba en la trama urbana. Era un gran contenedor, un mazacote con aires de Walt Disney que no se integraba en esa zona». Carmona se mostró confiado en que el proyecto de Bofill -«ecológico, sin erosión a la vista y muy integrado en la ciudad», dijo- pasará los filtros para que sea aprobado por la Junta de Andalucía, institución que tenía la última palabra.

Sin embargo, la Consejería de Cultura, en manos del PSOE, vetó el proyecto de Bofill porque incluía una torre de 80 metros de altura, cuando posteriormente hizo la vista gorda ante la torre Pelli, de 180,50 metros.

Así habría quedado la torre de Bofill (a la derecha) en la isla de la Cartuja
Otra simulación de la torre de Bofill al borde del puente del Cristo de la Expiración
Simulación en color, con la torre de Bofill al fondo, tras la torre Schindler, en primer plano
Torre Pelli, con sus 180,5 metros, en comparación con la torre Schindler (65 metros), marcada en rojo

¿Por qué intervino la Junta de Andalucía en el año 2000 para frenar la torre de Bofill y no a partir del año 2006 contra la torre Pelli? Porque la torre de Bofill la asociaba el PSOE, entonces en el poder, al Partido Andalucista de Rojas-Marcos, con el que estaba coligado en el Ayuntamiento de Sevilla durante el primer mandato de Monteseirín, Corporación Municipal donde los andalucistas controlaban la estratégica parcela de Urbanismo. Al tumbar la torre de Bofill, el PSOE evitaba que el PA se apuntara un posible tanto político, en su estrategia de contrapoder (por ejemplo, lanzando un Plan Estratégico frente al proyecto de nuevo Plan General de Ordenación Urbana, que dependería de la Delegación de Urbanismo, controlada por los andalucistas).

La torre Pelli, de 180,5 metros de altura, ya aparece en 2006 impulsada en exclusiva por el socialista Monteseirín, que puede presentarse como el único adalid de la presunta modernidad de Sevilla, y entonces al PSOE, que controla el Ayuntamiento, la Diputación, la Junta de Andalucía y el Gobierno de España, no le importa en absoluto el impacto que tuviera la torre Pelli en el paisaje y en el tráfico de Sevilla, contrariamente a su posición sobre la torre de Bofill.

De esta manera, víctima habitual del sectarismo político en nuestra ciudad, se perdió la última oportunidad de que quedara una obra de Ricardo Bofill en la capital de Andalucía.

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