El pato cojo

No hay mayor imagen de torpeza que la que transmite en su errática trayectoria un pato cojo. La prensa americana acuñó precisamente la expresión ‘the lame duck’ para definir el síndrome que afectaba a los presidentes estadounidenses que no podían optar a la reelección porque se hallaban en su último mandato. La Constitución de EEUU impide que estén más de 8 años en el poder, para inyectar así savia nueva en el sistema político y evitar tentaciones totalitarias. Ya lo dijo el clásico: el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los presidentes que dejarán de serlo a plazo fijo pierden mando e influencia a chorros porque el resto de los políticos, sean o no de su cuerda, dejan de tenerlo como referente y se reorientan en función de los posibles candidatos a la sucesión. Como reacción, los inquilinos de la Casa Blanca dados por amortizados empiezan a pasar olímpicamente de todo y de todos y a hacer lo que les viene en gana. Total, como ya no van a ser penalizados electoralmente. En los ambientes flota que Monteseirín, no acabe o  acabe el mandato por imperativo de sus mayores (él propone y Chaves dispone), está ya políticamente visto para sentencia. Da igual que salga indemne o con algunos perdigonazos de los casos Mercasevilla o Unidad o que corte la cinta inaugural de Fibes o las ‘setas’ de la Encarnación, si es que halla dinero para acabarlas. En la metáfora del cuento de Blancanieves, si a Monteseirín le crecen enanitos como Celis, Rosamar, Espadas y hasta el fantasma de Pepote, es porque todos ellos lo ven ya como un  ‘pato cojo’.

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