Frente a la ‘grandeur’ de los nuevos estadios ‘Olímpico’ que son las ‘setas’, la biblioteca a costa de una zona verde en el Prado y el tranvía que duplica en superficie el trazado del Metro, el sentido común de que una ciudad es sobre todo la suma de muchas pequeñas cosas. Fiel a su estilo, ésta fue la ‘filosofía’ de gobierno que expuso Soledad Becerril en el ciclo de ‘Los exalcaldes democráticos’, del grupo La Raza, los que tiraron de la manta de Mercasevilla en plan Hércules con los establos de Augías. Al margen de ciertos lapsus de memoria con el Urbanismo, doña Sole recordó como su mejor hito un Ayuntamiento ordenado, calles limpias y servicios municipales cuidados. Tal era su obsesión por los detalles que su al final odiado socio, Rojas Marcos, definió malévolamente su visión de Sevilla como ‘la casita de Pin y Pon’. Sí, pero como ella ha dicho, se llevó bien con los vecinos y con la Oposición, no orilló a los funcionarios, no derrochó en teles ni fundaciones, ni se pasó el día en los Juzgados. Soledad Becerril, en las antípodas de Monteseirín.
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El discurso de la mentira
Celis levantó la liebre cuando dijo de las ‘setas’ que eran “un proyecto constructivo imposible adjudicado sin que existiera la tecnología necesaria para poder ejecutarlo”. Ahora, el colega Carlos Mármol, urbanauta ‘cum laude’, ha destapado que el Ayuntamiento ocultó durante casi tres años un informe de una empresa finesa de ingeniería que concluía que el diseño de Mayer era técnicamente inviable.El arquitecto le coló su dibujito a un jurado cómplice o de pardillos, deslumbrado como catetos por aquel presunto icono de la modernidad. El informe llegó en mayo de 2007, vísperas de las elecciones municipales, y lo ocultaron en un cajón tras declararlo ‘top secret’, por sus efectos demoledores sobre el juguete arquitectónico y los votos del alcalde. Han hecho el paripé de que seguían construyendo las ‘setas’, cuando en realidad daban vueltas sobre lo mismo en plan moros de Queipo, mientras a la desesperada buscaban en Alemania cómo salir del atolladero con una palada de millones de euros. El discurso de la modernidad no era más que el discurso de la mentira.
Hipoteca política inversa
Cuanto más pienso, más genial me parece la idea del compañero Vega del contrato-programa inverso, que es a la política lo que la hipoteca inversa a la economía. Decir “hipoteca” es mentar la bicha: pago mensual al banco por nuestra vivienda. En la “hipoteca inversa” el banco nos da dinero por nuestro piso. El término “programa” se asocia a las falsas promesas electorales de los partidos, de ahí la pésima suerte de Anguita, que nos recetaba tres dosis de su “programa, programa, programa”. Vega ha inventado el contrato-programa inverso: el elector, en vez de comprar la mercancía averiada de los partidos en el mercadillo político, expone su propio programa (en su caso, voto a cambio del derribo de las ‘setas’) para que se lo compre el partido interesado en su sufragio. ¿Imaginan que se creara una plataforma en Internet con la oferta política de cada sevillano? En conjunto saldría el programa que demanda Sevilla en vez del que, de espaldas a la realidad, redactan en un despacho los cabezas de huevo de los partidos. Y éstos vendrían a comer a nuestra mano.
Setas= 5 facturas ‘olímpicas’
Las ‘setas’ se han convertido, tal como editorializaba este periódico, en el particular estadio ‘olímpico’ de Monteseirín. A fecha 22 de noviembre de 1999, el coste de la ejecución material del estadio ascendía a 15.994 millones de pesetas (96 millones de euros), sin contar los honorarios de los arquitectos e ingenieros, la pista de atletismo y la urbanización exterior. Redondeando cantidades por todos los conceptos, la estimación del coste final ascendería a unos 20.500 millones de pesetas, (123 millones de euros). El Metropol Parasol impulsado por Monteseirín se alza sobre las ruinas de Palmira del proyecto previo iniciado durante su mandato en coalición con el PA y que el alcalde se cargó de un plumazo, como se cargó el de Moneo en el Prado, para que no quedara legado de sus predecesores o socios, aunque la factura de lo desechado la acabaran pagando los sevillanos.
Sumemos actuaciones en la Encarnación. La liquidación del mercado del PA para poder plantar sobre el mismo las ‘setas’ del alemán Jürgen Mayer costó 9 millones de euros en indemnizaciones. Las obras para mantener las pantallas en torno a los restos arqueológicos, 5,3 millones. El concurso de ideas del que emanaron las ‘setas’, 90.000 euros. El ‘Antiquarium’ (aunque ahora lo metan en el Plan 5.000 es dinero público), 8,5 millones. Los honorarios del arquitecto, 5. Los del coordinador, 30.000 euros. La aportación municipal a Sacyr, 25 millones. La segunda aportación, 7 millones. La tercera, 18 millones. En total el Ayuntamiento ha detraído al contribuyente 77.920.000 euros. Hay que añadir el valor de la aportación en especie a Sacyr para su explotación durante 40 años: el edificio de la Hacienda municipal y los espacios del conjunto urbano aledaño, cuantificados en 32,4 millones de euros. Total: 110.320.000 euros.
Hay dos diferencias entre las ‘setas’ y el estadio ‘olímpico’. La primera es que el recinto deportivo se acabó a tiempo para el Mundial de atletismo y que el Parasol se anunció para junio de 2007, acumula ya casi tres años de retraso y nadie sabe cuándo se terminará. La segunda es que como todas las Administraciones eran accionistas, al Ayuntamiento sólo le correspondía asumir el 17,892% del coste del coliseo deportivo, es decir unos 22 millones de euros.
Conclusión: las ‘setas’ han supuesto hasta ahora para los sevillanos un coste cinco veces superior al del estadio de la Cartuja.
Conejillo de Indias
El Parasol se alza así no sólo como el símbolo de la megalomanía de Monteseirín, sino también de la improvisación que ha caracterizado su etapa al frente de Sevilla, tal como ha dejado en evidencia Celis cuando anunció el último sobrecoste de 18 millones de euros que han supuesto para las arcas municipales las ‘setas’ diseñadas por Mayer. Celis ha reconocido que se trata de “un proyecto constructivo imposible cuya ejecución ha sido incierta desde que comenzó y que se adjudicó sin que existiera la tecnología necesaria para poder ejecutarlo”.
¿Qué habría ocurrido en una empresa privada si un ejecutivo hubiera realizado una confesión similar y además hubiera añadido que no se atrevía a dar fecha alguna de conclusión de un proyecto con una desviación presupuestaria del 100% sólo en la fase constructiva? Mientras la prudencia aconseja a cualquier gobernante que administra el dinero del contribuyente atenerse al principio de “los experimentos, con gaseosa”, el Ayuntamiento embarcó a la ciudad en un proyecto puramente experimental al reconocer ahora que no se había desarrollado la tecnología para materializarlo. Sevilla, pues, ha sido el conejillo de Indias donde el arquitecto ha probado en plan ensayo/error la fórmula de las ‘setas’ a costa de un dinero dedicado inicialmente a equipamientos de la ciudad y agotando la paciencia de unos placeros que ya llevan 36 años esperando una solución para la Encarnación.
Delirios de grandeza
El encargado de materializar los delirios de grandeza de Monteseirín en su obsesión por dejar su sello para la posteridad no fue otro que su ‘alter ego’, en su etapa como gerente de Urbanismo: Manuel Marchena, el Mr. Hyde del doctor Jekyll. Marchena encargó a Tinsa un informe sobre cómo financiar la operación y el cálculo del valor de la concesión en especie que posteriormente se otorgó a Sacyr. Desde su estratégico puesto en Urbanismo, arrancó de la Oficina del PGOU el plácet para disponer de 25 millones de euros destinados a los sistemas generales de la ciudad y gastarlos en la Encarnación, sin prever que a esos 25 habría que añadir con el devenir del tiempo otros 25… por ahora. También se encargó de obtener de la Intervención Municipal su reticente visto bueno a que reservara el dinero para dos anualidades, cuando normalmente no se permite hacerlo más que para el ejercicio en curso. Marchena también se trajo de Córdoba para secretario del concurso de ideas y coordinar las obras a uno de los implicados en el centro de congresos Palacio Sur, del arquitecto holandés Rem Koolhas, del que acabó huyendo Ferrovial cuando se percató de que el coste de la obra se dispararía a los 174 millones de euros: un aviso a navegantes para Sevilla.
Marchena fue también quien elevó al Consejo de la Gerencia de Urbanismo la propuesta de que la obra se adjudicara a Sacyr en vez de a otras empresas que habían hecho una estimación de costes más ajustadas a la realidad. Apostó por la oferta más a la baja posible y al final ha resultado la más cara para el bolsillo de los sevillanos.
El contrato-programa de Vega
He leído con el deleite habitual el artículo de Juan Miguel Vega en que propone un trato a los partidos: votará al que se comprometa a ordenar la demolición de las ‘setas’ de la Encarnación. Vega tacha el Parasol de gran mamarracho arquitectónico y de lápida económica para las generaciones futuras. El libro de los gustos aún no está escrito y puede que lo que a Vega le parece mamarracho sea para otros excelsa obra de arte, de ahí que no me meta en fías y porfías estéticas. La cuestión económica es, querido Juan Miguel, la madre del cordero. Ahí radica la trampa saducea de Monteseirín. Las ‘setas’, aunque los contribuyentes hayamos pagado ya una cifra escandalosa, han sido objeto de una concesión comercial por 40 años a favor de Sacyr. Si el partido que firme tu contrato-programa las echa abajo, deberá indemnizar con más dinero público a cuenta del lucro cesante, y la lápida económica se nos duplicará. Aunque Monteseirín se vaya, ha dejado todo atado y bien atado. ¿Te suena? Ese es el coste que tiene la demagogia de “democratizar las vistas de Sevilla”.
Del Valle es verde
Sí. No es una errata. Han leído bien. El valle, como el de la famosa película, es verde, y Del Valle, el exalcalde de Sevilla, también. Pasa, en cuanto socialdemócrata, por rojo pálido, más bien difuminado por aquello de los despachos, pero al final ha roto en ecologista. Y es que aplica a la política local el principio ecológico del ‘nicho vacío’ (en la Naturaleza, toda especie tiende a ocupar el hábitat dejado libre por otras) cuando ha destacado el gran protagonismo de Torrijos por la debilidad de Monteseirín. Por ende, ha puesto a parir los proyectos-estrella del alcalde, desde el ilógico tranvía que duplica en superficie el recorrido del Metro hasta las ‘setas’ de la Encarnación; ha alardeado de que en su época no había escándalos como el de las facturas falsas y Mercasevilla y ha prescrito que un alcalde no debe estar más de 8 años en el cargo porque se enroca en las ideas y hace falta aire fresco. Parece como si Del Valle, tan serio entre tantos graciosos sin ángel, hubiera extendido el acta de defunción política de Monteseirín.