Ciertos sectores de la inexistente sociedad civil sevillana mantienen de forma reiterada en el tiempo un discurso catastrofista, en el sentido de que si no se realiza el dragado en profundidad del río Guadalquivir que ha desaconsejado por ahora el Comité de Expertos, el puerto de Sevilla se muere por falta de suficiente calado para mantener el tráfico mercantil. Pues bien, el dragado no se ha hecho y, oh sorpresa, resulta que el tráfico portuario no sólo no ha disminuido, sino que incluso ha aumentado en un 14,08% durante el primer semestre del año según la estadística oficial del Ministerio de Fomento. ¿Y ahora qué? Algunos se han quedado sin discurso, porque los datos mejor que tanta palabrería demuestran que se puede incrementar la actividad portuaria sin alterar más el cauce del río, motivo por el que hay que felicitar a Manuel Fernández, doblemente además por aquello de que su líder ideológico repite como cabeza de cartel en las listas del PSOE. Al final va a demostrarse que la clave no radica en el dichoso dragado, sino sencillamente en la gestión.
Fue en la última respuesta en la entrevista que le hizo Teresa López Pavón donde Soledad Becerril resumió su pensamiento político sobre la ciudad: “Yo quiero una Sevilla –dijo- limpia y verde. No hacen falta grandes torres, sino que los niños tengan donde jugar y los mayores donde sentarse. Que la ciudad transmita armonía”. ¡Armonía! Sí, en esta maravillosa palabra se resume todo. Como ‘el clave bien temperado’ de Bach, la Sevilla bien temperada de Soledad. Habría bastado con preguntarse si las setas en la Encarnación transmitirían armonía en pleno centro para saber a qué atenerse respecto a la obra faraónica de Alfredo, despilfarro económico aparte. ¿Armonizaba la biblioteca universitaria en los jardines del Prado? ¿Será más o menos armónica la visión de Sevilla con el rascacielos de la Cartuja dominando el horizonte desde sus 180 metros? Cada vez que se hable de una nueva obra emblemática o de cualquier otro proyecto, ya sea menor, mayor o mediano, aplíquesele primero el ‘principio’ de Soledad para hacerse una idea previa: ¿transmite armonía o disonancia?
En el nuevo capítulo del culebrón sobre los bancos de la Alameda de Hércules que nos está entreteniendo en esta ‘rentrée’ y que al Ayuntamiento le gustaría fuesen de quita y pon (la delegada Asuidea ‘dixit’) para así contentar a tirios y troyanos, el mobiliario urbano ha sido repuesto pero en un sitio distinto y distante y en menor número que antes, lo que ha sido considerado ‘casus belli’ por una facción del vecindario y garantiza la continuación de esta apasionante telenovela municipal. Además, ha aparecido en escena un nuevo despropósito: cambiar de lado la puerta del parque infantil. Empezamos por los bancos y ya vamos por las puertas. ¿Qué será lo siguiente? ¿Las farolas porque atraen a las polillas? Lo más peregrino es el argumentario para justificar estos viajes de ida y vuelta: esos elementos funcionaban como “un imán de ruidos”. ¡Eureka! ¡Qué gran descubrimiento! El Ayuntamiento ha inventado una figura administrativa nueva. A partir de ahora podrá declarar unas calles como zonas acústicamente saturadas, y otras, como zonas saturadas de bancos.
Soledad Becerril, al contrario que otros cuyos nombres están frescos en la memoria por su empeño en perpetuarse en las listas electorales para el 20-N pese a que llevan toda la vida en la política y sin bajarse del coche oficial, ha anunciado por sorpresa su retirada de la vida pública diciendo que debe dejar paso a otras personas, mostrando su gratitud a todos y pidiendo perdón por sus errores. Si, como cantó el poeta, el estilo es el hombre, el de Soledad Becerril ha sido siempre, y también ahora, el de una gran dama que vino a servir y no a servirse y que estuvo a la altura en circunstancias tan trágicas para la ciudad como el asesinato por ETA de Alberto y Ascen. Podría haber seguido hasta que hubiera querido, pero ha optado por no convertirse en ese jarrón chino tan valioso del que metafóricamente hablaba Felipe González. Con su adiós y el de otros que como ella hicieron posible la Transición de la Dictadura a la Democracia se va una parte de nuestra historia reciente. Y de alguna manera sentimos que también de nosotros mismos, cronistas de su época.
Fran Fernández, el último de Filipinas de Monteseirín y otro más de los imputados de su (des)gobierno, ha declarado con total desparpajo ante el juez que si adjudicó a dedo y saltándose todos los procedimientos un contrato de 644.000 euros fue por “las presiones mediáticas”. Puedo dar más fe que nadie (¿verdad, Marchena?) de que era justamente al revés: no eran los medios quienes presionaban al Ayuntamiento, y menos para vulnerar la legalidad, sino el Consistorio el que acosaba, vetaba y mucho más a ciertos periodistas y periódicos. ¡Qué lástima que esa supuesta presión mediática no surtiera efecto alguno en escándalos como las facturas falsas, los falsos prejubilados de Mercasevilla, el desalojo a golpe de billetes de los chabolistas de Los Bermejales, los viajes de Monteseirín y un larguísimo etcétera! Decía Cruyff que quien no supiera soportar la presión del Nou Camp no podía jugar en el Barcelona. A la vista de su desvergonzada coartada, Fran no estaba capacitado no ya para ser concejal, sino ni siquiera para jugar en el Cerro, el equipo de su barrio.
Antonio Pardal, dueño de Larena 98, reveló que le impusieron el patrocinio del Patín Macarena para entrar en Mercasevilla. Ahora se descubre que Monteseirín adjudicó el Plan Centro a una empresa que financiaba al equipo de fútbol del Cerro del Aguila, el barrio del delegado de Movilidad, Fran Fernández. La beneficiaria alega que no hay caso porque su patrocinio – “una acción social sin ánimo de lucro”, dice- se inició seis años antes del contrato. Sí, pero seis años antes el Cerro era tan coto de Fran Fernández como seis años después, y será casualidad, pero entre todos los equipos de Sevilla el patrocinado fue el del Cerro y no otro. Y también fue casualidad que justo en la temporada pasada, a finales de la cual se adjudicó el Plan, el patrocinio se firmó a través del Ayuntamiento “para darle oficialidad a la colaboración”. ¿Por qué, si era una acción social sin ánimo de lucro? Aunque daba la casualidad de que así la empresa permitía a Fran trasladar la imagen de que el barrio le debía a él la financiación del equipo. ¿No habrá alguna casualidad más?
Alfonsito Rodríguez Gómez de Celis ha escrito en su blog que se avecinan dos elecciones (generales y autonómicas) en el momento más grave que han tenido los socialistas en democracia y ha apelado a la Ejecutiva Provincial del PSOE con un “debemos mirar hacia el futuro…”. Tanto caso le ha hecho Viera al niño Celis en eso de mirar al futuro que su Ejecutiva ha nombrado como cabeza de lista al Congreso de los diputados a Alfonso Guerra, que tiene 71 años y lleva ininterrumpidamente en las Cortes unos siete lustros, desde las primeras elecciones democráticas. Cuando Monteseirín y sus acólitos los críticos reclamaban más cuota orgánica e institucional dentro del partido (eso sí, sin ganar ningún congreso previo, ni siquiera vicariamente para no dar la cara) decían metafóricamente que el PSOE sevillano (Viera) y andaluz (Griñán) es tan atípico que el poder se va a transmitir de los abuelos a los nietos sin pasar por la generación intermedia, osea, la suya. Se equivocaban. El nombramiento de Guerra demuestra que va a pasar no a los nietos, sino a los bisnietos.
El entorno del alcalde ha jaleado mucho el amago de cameo de Zoido en la película ‘El dictador’ al irrumpir en el rodaje en la Plaza de España y lograr hacerse una -dicen- muy publicitada foto en Internet con el protagonista, Sacha Cohen, mientras éste se encasquetaba un sombrero con el lema ‘Ven a Sevilla’. Según las crónicas, mientras el actor se quitó del medio, el alcalde se convirtió en el centro de todos los flashes a falta de algún astro del cine que se dejara ver. No sé si el oficio de alcalde, que habría dicho Cesare Pavese, obliga a estos gestos, si son exigencias del guión de Plaza Nueva o Sevilla bien vale una instantánea, pero nunca habría imaginado a Luis Uruñuela, Manuel del Valle y Soledad Becerril yendo a chupar cámara a un rodaje sino, en todo caso, recibiendo con la solemnidad del cargo y en su despacho de la Alcaldía al director y al actor principal de la película como gesto de cortesía institucional y sin incurrir en un populismo mediático que ha merecido de un lector este mordaz comentario: “Pronto empieza Zoido a hacer de Monteseirín”.
La versión oficial de la delegada del distrito municipal Casco Antiguo, Amidea Navarro, sobre la polémica retirada de los bancos colindantes con un parque infantil en la Alameda de Hércules es que se ha debido a las quejas de otros vecinos, motivadas porque aquéllos eran utilizados durante las noches para la celebración de botellonas y juergas musicales, con lo que los residentes más cercanos necesitaban hasta ingerir pastillas para poder dormir. Insólito. La idea de Amidea es que el causante del problema es el mobiliario urbano y el parque donde juegan los niños en vez de los niñatos de la movida, así que muerto el perro (retirados los bancos), se acabó la rabia. Como el Ayuntamiento de Zoido es incapaz de obligar a cumplir la ley antibotellona aprobada por el Parlamento andaluz en tiempos de Evangelina Naranjo de consejera de Gobernación (Zoido empieza a parecerse en esto peligrosamente a Monteseirín) y de imponer el orden público en la Alameda, la toma contra los objetos en vez de contra los incívicos y los vándalos. Como los bancos no votan, son botados.
El gran novelista Robert Louis Stevenson narró en ‘El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde’ un caso de desdoblamiento de personalidad: cómo pueden convivir extremos antitéticos en una misma persona. Recordé a Stevenson y su alegoría moral al leer la noticia de que el Ayuntamiento ha provocado un conflicto vecinal al retirar unos bancos de la Alameda. El Consistorio presidido por quien inició la carrera a la Alcaldía haciendo bandera de un banco en una plaza de Bellavista ahora quita los bancos en otra plaza. El mundo al revés, como en el poema de José Agustín Goytisolo, o ‘El extraño caso de su señoría don Juan Ignacio y el señor Zoido’. Si Zoido fuera consecuente, emplazaría al alcalde a que repusiera los bancos de la Alameda en 48 horas so pena de hacerlo él mismo con sus propias manos. De paso, daría satisfacción a Espadas, que le acusa de seguir pensando como líder de la Oposición en vez de como primer edil. Zoido, alcalde y jefe de la Oposición simultáneamente, y volviendo a sus orígenes con los bancos. Todo en uno. La cuadratura del círculo.