Ser usuario habitual y de pago de Tussam, y no excepcionalmente y de gañote en el Día Europeo sin coches como Monteseirín, me está permitiendo este verano observar con más frecuencia de la deseable el desprecio con el que algunos conductores tratan a los sufridos usuarios de la mejor –por única- empresa municipal de transportes de Sevilla. Hay chóferes que no sólo no responden al saludo de los pasajeros, sino que incluso les vuelven la cara con ostentación o la ponen en plan esfinge, como si en el bus entraran perros en vez de personas. Cuando los clientes son turistas que se montan en el Prado, el particular ‘wellcome’ de Tussam es la primera y pésima impresión que se llevan de nuestra ciudad. Tengo que hablar con Arizaga o Troncoso el alfredista para que intercalen en las lecciones de inglés que ofrece el vídeo comunitario de la flota de Tussam alguna de urbanidad en circuito cerrado para los conductores, y, en la emisora en que sintonizan con la música de Radio Clásica, el clásico tema de Simon & Garfunkel titulado ‘Mantén satisfecho a tu cliente’.
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El cartelón
En la Avenida de Jerez, junto al antiguo cauce del Guadaira, a cuya vera se alza ese Escorial en forma de hotel Al-Andalus, aún sobrevive al tiempo y a los vándalos un cartelón que anuncia para no sé qué año ya pretérito la terminación del Parque sobre el cegado curso del afluente del Guadalquivir. En esta Sevilla virtual que ocupa páginas de periódico pero que no acaba de materializarse, nos pintaron una zona verde que serpeaba desde las Tres Mil hasta Nuevo Heliópolis y Los Bermejales con pasos elevados sobre la avenida de Holanda y molinos eólicos. Éstos, impulsando el agua desde el Guadalquivir, obrarían el milagro de que volviera a fluir líquido elemento por el primitivo curso de un Guadaira que castigó los chalecitos de la Expo del 29 con históricas inundaciones y que por ello fue desviado extramuros. Del Parque y del futurible curso fluvial no hay nada, salvo vestigios de obras abandonadas. ¡Y pensar que este proyecto ya databa de los tiempos de Soledad Becerril!. Hoy, sólo queda el cartelón como mudo testigo de cargo contra la desidia de Sevilla.
Segunda estación
El (sin) alcalde que no iba a alegar al proyecto del Metro por –decía- haberlo pactado todo previamente con la consejera de Obras Públicas le ha roto ahora los esquemas a la Junta al alinearse con la inmensa mayoría que pide una segunda estación en el centro aparte de la prevista en la plaza del Duque. Por más que los técnicos digan que los cimientos de las setas impiden excavar la parada en la Encarnación, el (sin) propugna un pozo de bolsillo con dos bocas: una al Antiquarium y otra dentro del Parasol para hacer honor a su nombre de Metropol. Si se admite la tesis de Alfredo, que para más ‘inri’ reconoce que no es suya cuando dice que se trata de “imitar a Barcelona” (¿será algún día al revés?), la Junta ya no tendrá argumentos para encastillarse en paradas cada 1.400 metros, porque el Duque y la Encarnación sólo distan 250. Más que nunca, como sostienen los comerciantes, se justificaría la gran estación central en Plaza Nueva, situada a 500 metros del Duque y donde no hay problemas técnicos para excavar porque el pozo lleva veinticinco años esperando.
Remanente
El Diccionario de la Academia define ‘remanente’ como “aquello que queda de algo”. He tenido que ir al Diccionario para tratar de comprender el penúltimo eufemismo (siempre se inventarán alguno nuevo y yo ardo en deseos de ver hasta qué punto son capaces de exprimirse la imaginación) municipal, ese que dice que el Ayuntamiento tiene en la caja un remanente negativo de (valga la redundancia por el signo menos) -31,7 millones de euros. No, mire usted, señor (sin) alcalde sin dinero y con lápidas de morosidad: remanente es de toda la vida, y como bien define el Diccionario, un resto, un sobrante, un excedente, un superávit, algo tangible, aunque sea poco, un mínimo minimórum, pero algo. La expresión ‘remanente negativo’ no es ni siquiera un eufemismo, porque se compone de dos términos antitéticos: lo negativo es la negación del propio remanente, y máxime si se trata, como es el caso, de 31,7 millones de euros. Hablando en román paladino, Monteseirín no ha dejado un remanente negativo, sino un pedazo de agujero de 5.274 millones de las antiguas pesetas.
Insomnio
Uno de los encargos a los periodistas novatos consistía en llamar, aparte de a la Policía y los Bomberos cuando no existía el número 112 de Emergencias para preguntar por las últimas incidencias antes del cierre del periódico, al Centro Zonal de Meteorología para que tradujera a números el ‘¡ojú, qué calor!’ de cada día de verano, en lo que creíamos iba a ser un nuevo récord. Casi invariablemente, la respuesta era que de récord nada, que las temperaturas –por más que nos parecieran siempre por encima de 40º- eran las normales para la época y que ya no nos acordábamos del año anterior. Pues, como habría cantado Serrat, resulta que este año sí, ‘habemus’ récord. La temperatura media (el promedio de las máximas diurnas y de las mínimas nocturnas) en Sevilla durante julio ha sido de 30,3 grados, lo nunca visto en los 59 años de estadísticas, y merced no a los escasos días de 40º o más, sino a las noches, donde en conjunto se han registrado ¡casi 23 grados cada jornada!. Esto significa que hemos pasado todo un mes de julio por encima de la barrera del insomnio.
El ficus seco
En el extremo de la ciudad deportiva del Betis, Heliópolis y su émulo Nuevo Heliópolis se alza, como un triste espantapájaros vegetal con sus muñones secos, un enorme ficus ya renegrecido que en su día fue un árbol frondoso en los jardines del Prado. Bajo sus ramas jugaron los niños y en su copa anidaron los pájaros, hasta que un día alguien decidió que estorbaba a la biblioteca universitaria de Zaha Hadid y, para evitar más protestas de vecinos y ecologistas, lo trasplantó a esta tierra extraña.. Se convirtió así en un solitario ejemplar en medio de una pradera de jaramagos que a duras penas verdea en verano. Dijeron no se sabe qué expertos que ninguno de los árboles trasplantados fuera del Prado se había perdido y que la operación fue todo un éxito. Este esqueleto vegetal prueba lo contrario. Quizás murió al verse solo, de la misma tristeza que los naranjos, por no poder oír más las risas infantiles y el trino de las aves. A este ficus seco, al contrario que al olmo de Machado, ya no le brotan ramas reverdecidas, ni espera milagro alguno de la primavera.
Dignidad vegetal
Ahora que se habla tanto de los derechos de los animales a raíz de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña y de que el futuro parece encaminado a que no se celebre espectáculo en el que tenga que aparecer algún ser del reino animal, yo me pregunto cada vez que paso por la Plaza de San Francisco cuándo hablaremos de los derechos de los vegetales. Reparen, por favor, en la pareja de ficus que deberían ser de gran porte sitos a cada lado de la fuente de Mercurio, ante la fachada del Banco de España. A estas maravillas arbóreas, que podrían alcanzar similar frondosidad que en la Avenida de María Luisa tienen sus hermanos junto al restaurante ‘La Raza’, las podaron años ha con el argumento de que los empleados del banco se quejaban de que les tapaban la luz. Ni que fueran Diógenes en su diálogo con Alejandro Magno, cuando en Sevilla lo que hay que valorar es justamente la sombra, porque luz y sol nos sobran. Y no se contentaron con talarlos más que podarlos, sino que los han desfigurado al darles un porte cuadrado, ajeno a su elegancia natural.
Canes
Pido de antemano perdón, pero para entrar en materia es necesario primero ofrecer algunas estadísticas escatológicas. En Sevilla hay censados unos 46.000 perros, que en conjunto producen 5.000 kilos diarios de heces. Esta cifra supone 1.825.000 kilos cada año de deposiciones o, lo que es lo mismo, 1.825 toneladas. ¿Se percatan ahora de la magnitud del problema? No hace falta siquiera recurrir a las estadísticas de Lipasam para hacerse una idea. Basta con pasearse a primera hora de la mañana o a última hora de la tarde por las aceras del barrio para constatar el cada vez más creciente número de ciudadanos que acompañan al mejor amigo del hombre a fin de que éste haga sus necesidades en la vía pública o en los alcorques de los árboles, sin que sus amos se inmuten. Apuesten a ver cuántos dueños de perros salen con una bolsita y una palita para recoger los excrementos de sus canes y depositarlos en los contenedores en vez de dejarlos como blandas trampas para las pisadas de los incautos. La culpa de que Sevilla esté sucia no va a ser siempre del Ayuntamiento.
Botellonas
Vecinos del casco antiguo constatan este verano cómo Sevilla sigue siendo una ciudad sin ley en cuanto a la movida se refiere. Dada la falta de policías, que como no hay dinero en las arcas municipales para pagar horas extra no se han ofrecido para reforzar el turno de noche, los ‘botelloneros’ campan a sus anchas y han reconquistado bebida en mano espacios emblemáticos que el vecindario creía perdidos definitivamente para ellos: el Salvador, la Alfalfa, la Alameda y el Pabellón de la Madrina. Sevilla es la única ciudad de Andalucía donde se incumple flagrantemente la ley antimovida del Parlamento andaluz, según la cual está prohibido terminantemente beber en la vía pública salvo en los sitios designados expresamente a tal efecto. Monteseirín sigue sin señalar botellódromo alguno y mantiene una tolerancia ambigua para no malquistarse el favor de los más jóvenes, el único segmento de población proclive a su política. Mientras el Ayuntamiento habla de ‘tolerancia cero’ con la doble fila, hace la vista gorda con las ‘botellonas’. Piensa que los coches no votan.
Sin fuentes
Joaquín Turina nunca podría haber emulado a Ottorino Respighi, compositor de ‘Las fuentes de Roma’, sencillamente porque en esta Sevilla que presume de ser nodo entre Oriente y Occidente, ciudad de la música y unos cuantos títulos rimbombantes más no hay una fontana maravillosa como la de Trevi en la capital italiana –donde abundan las fuentes de agua sorprendentemente fresquísima para un clima parecido al nuestro- ni apenas humildes pilones o grifos, a pesar del tórrido calor del estío. No sé si esta carencia será fruto de un contubernio entre Emasesa y los hosteleros para que los sofocados turistas, rojos como salmones en su transitar por nuestras calles , acaben pasando por caja a cuenta del agua embotellada. A quienes hemos podido asomarnos al extranjero y disfrutar gratuitamente de la profusión de fuentes de otras ciudades nos causa vergüenza ajena comprobar cuán lejos se halla aún Sevilla de cumplir ciertos estándares normales en capitales europeas. Aquí, pese a que alardeemos de carácter abierto y de hospitalidad, resulta que al turista, ni agua.